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miércoles 27, mayo de 2015

Adiós al Maestro que nos prestaba el cielo

El 22 de abril falleció Hugo Irurueta. "La cultura argentina perdía a uno de sus grandes forjadores, Tilcara lloraba al artista que ya sentía como propio, y La Boca despedía a una parte enorme de su mejor tradición artística", escribió Víctor Fernández para conmemorarlo en ésta página de Sur Capitalino. Por Víctor G. Fernández (*)

 Adis al Maestro que nos prestaba el cielo

El 22 de abril se nos iba Hugo Irureta, entrañable hombre de bien que desde 1928 el Cielo nos había prestado. La cultura argentina perdía a uno de sus grandes forjadores, Tilcara lloraba al artista que ya sentía como propio, y La Boca despedía a una parte enorme de su mejor tradición artística.

 
Hay en nuestra cultura un “título nobiliario” muy difícil de alcanzar: el de Maestro. Y no se accede a ese lugar por linajes, pertenencias sociales, lauros, ni mucho menos por seguir las modas de ocasión. El Maestro simplemente ES, y a la distancia se lo reconoce. Y si quisiéramos enumerar los atributos que lo distinguen, estaríamos describiendo exactamente a alguien como Hugo Irureta.
 
Sabio y simple, el universo de sus intereses era tan vasto como profundo. El arte, el tango, la historia universal, el fútbol, las sociedades y paisajes que había conocido, formaban parte de sus apasionadas conversaciones. Hablaba de complejas cuestiones artísticas con la misma precisión y sencillez con que analizaba a Troilo, o a Messi. Supo frecuentar a encumbradas personalidades, pero la mayor parte de sus grandes amigos fueron sus vecinos más humildes. Hugo sabía que en el arte (como en la vida) todas las miradas son valiosas. Valoraba por igual la opinión del prestigioso jurado que lo premiaba, como la de su amigo Luis, el fletero, a quien ante alguna duda recurría para decidir la pintura a enviar a una exposición o concurso…
 
Obtuvo los principales premios de nuestro medio, pero eludía la alta visibilidad. Así, muchos desconocían que “Don Hugo”, ese casi anónimo señor que caminaba nuestras calles, era junto a Daneri y Victorica, uno de los tres únicos artistas ligados a La Boca reconocidos como miembros de la Academia Nacional de Bellas Artes, a la vez que ganadores de los Salones Nacional y “Manuel Belgrano”.
 
Hombre sin dobleces y artista a cada instante, todo en él era autenticidad. Prefería arriesgarse a lo desconocido, antes que repetir fórmulas exitosas. Por eso su obra es tan rica en variantes y sorpresas. A su temprana etapa informalista, le sucedería el sensible pintor de espíritu y temas boquenses, y más tarde el inspirado intérprete de las tradiciones simbólicas de nuestro noroeste.
 
Tilcara fue su otro lugar en el mundo, y allí Hugo dio forma al sueño en que empeñó su vida: un gran Museo de Arte Argentino promotor de la cultura en el Noroeste. Este museo, sostenido exclusivamente con su esfuerzo, es otra manifestación de su generosidad.
 
Cuando alguien encarna el conjunto de ideales y valores que nos ayudan a soñar tiempos mejores, lo erigimos en Maestro y guía. Por eso, el andar de Hugo Irureta por la vida seguirá siendo ejemplo a emular. El tiempo pondrá su obra en el alto sitial que nuestros establishments culturales tantas veces le negaron. Mientras, nos seguirá doliendo la ausencia del amigo y Maestro que nos deja el desafío de honrar su legado y el recuerdo de su luz, que generosamente compartió con nosotros.
 
(*) Director del Museo de Bellas Artes Benito Quinquela Martín

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