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viernes 1, abril de 2016

A cuarenta años, La Boca gritó Nunca Más

Como lo había hecho en 2006, el barrio volvió a movilizarse para recordar a sus detenidos-desaparecidos. El 22 de marzo, cientos de vecinos participaron de una marcha que recorrió sus calles a la luz de las antorchas. Por Memoria, Verdad y Justicia. Por Facundo Baños

 

 Pasa el carguero por La Boca dando grandes bocinazos. Venía rugiendo desde lejos porque no abundan los pasos a nivel y hay que tener cuidado. Al fin cruza la esquina de Olavarría y en el hueco que se abre entre vagón y vagón se cuelan el pañuelo blanco, símbolo de Madres y Abuelas, y un sol con cicatrices pero todavía fuerte. Ese mural inmenso y esperanzador de Olavarría y Garibaldi fue el lugar señalado para iniciar una nueva marcha en memoria de los detenidos-desaparecidos de La Boca durante la última dictadura cívico-militar. El sol del cielo se consume en su lejanía y aquí corren los mates y se confunden los abrazos. El otoño aparece de a ratos, en algunos vientos.

Pasadas las siete se encendieron las antorchas y la marcha comenzó su rumbo a la vera de las vías. Unas doscientas personas recordaban a esos viejos compañeros que fueron vistos por última vez cuando eran jovencitos, y que no fueron vistos nunca más. Muchachos y muchachas que, a falta de huellas dactilares, dejaron el rastro de sus suelas en las calles mansas de La Boca. Cuarenta años más tarde, la memoria sigue encendida como estas candelas que iluminan la noche. Las copas de los árboles tapan las pocas estrellas y las banderas recuerdan que las demandas de los desaparecidos son las mismas de hoy y siempre. Un compañero arenga con su altavoz y enfatiza esa línea: “Los colaboradores de la dictadura apoyan a Mauricio Macri. Nosotros decimos ¡no! A los fondos buitres, ¡no! Al endeudamiento del país”. Detrás suyo los caminantes elaboran un grito: “Patria sí, colonia no”.

Otra de las compañeras que encabeza la manifestación toma un libro y comienza a leer en voz alta los párrafos que mencionan la historia de Remo Berardo, uno de los tantos vecinos que la faltan al barrio. La caminata se detiene. Era pintor y admiraba a Quinquela Martín. Un hermano suyo había desaparecido en julio de 1977 y Remo comenzó a frecuentar la Iglesia de la Santa Cruz, para encontrarse con otras personas que corrían su misma suerte. El 10 de diciembre de aquel año lo secuestran en su atelier de Magallanes y Garibaldi. Ahí, en ese rincón, se le rinde homenaje, y una voz rompe el silencio: “¡Presente!”.
 
Las manos que sostienen banderas y antorchas, algunas blandas y otras más arrugadas, son de maestros, médicos, estudiantes, militantes, periodistas, trabajadores de espacios sociales y culturales del barrio. Entre todos ellos camina Anahí Cabrera, recordando a su padre y al resto de los compañeros: “Cuando era chiquita, él era mi superhéroe. A medida que crecía fui entrando en conflicto con su historia, que es la mía. Lo empecé a humanizar, pienso que debe haber sentido mucho miedo”. Hace tres años, el Equipo Argentino de Antropología Forense halló los restos de Ricardo Cabrera en una fosa común del Cementerio de Avellaneda. Por los testimonios que la familia pudo recoger, se sabe que había estado cautivo en el Pozo de Banfield. Ella dice que su papá se volvió a encontrar con su compañero de lucha, porque en esa fosa aparecieron los dos juntos. En la esquina de Salvadores y Carbonari, Anahí trepa a la caja de la camioneta y toma el megáfono: “Su lucha vuelve todos los días cuando hablamos con los vecinos o nos organizamos en nuestros trabajos, y cuando pensamos y sentimos las mismas cosas que sentían ellos. Hoy quieren vulnerar nuestros derechos y quitarnos lo que hemos conseguido, y debemos ser duros. Ellos son nuestros compañeros y están con nosotros”.
 
La marcha sigue su rumbo y todos cantan canciones emblemáticas como esa que avisa que, vayan adonde vayan, serán descubiertos y se sabrá lo que hicieron. Porque no somos como ellos pero entendemos que el ejercicio de la Memoria no debe desfilar detrás de la Justicia. Los litigios de las calles son más urgentes y menos ceremoniales. Lo que pasa es que la historia merece ser contada en distintos lenguajes y no sólo en el jurídico. Sobre todo cuando duele.
 
Muchos vecinos salen al balcón o corren tímidamente las cortinas para ver por la ventana. Nenes que se sobresaltan por el barullo y perros despeinados que ladran por las dudas. En Barrio Chino la noche es más apretada y se ven los enjambres de bichitos en los tibios postes de luz. En Olavarría los comercios no bajaron las cortinas y la gente conversa aún en las veredas. Un joven marcha en soledad pero no canta como los demás. Dibuja y está concentrado en la hoja de papel que sostiene con una carpetita de cartón. Usa una birome negra y borronea trazos furiosos. Cada tanto alza la mirada y pronto vuelve al papel.
 
Pasaron cuarenta años de un día sórdido, que debió haber sido gris y ventoso. Nadie podía imaginar lo que estaba por venir porque ni la literatura ni el mejor cine de ciencia ficción habían llegado tan lejos. Hoy lo recordamos, y decimos Nunca Más.  
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