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sábado 11, febrero de 2017

Un viaje de obstáculos

 La Boca es famoso por sus conventillos, tango y carnaval. Pero hay algo más que lo diferencia de otros barrios de la Ciudad y que lo hace aparecer detenido en el tiempo: las veredas altas y sus calles, el patio gigante que comparten todos los vecinos. Por Pedro Benítez

Un viaje de obstculos

 Hasta principios del siglo XIX, lo que hoy es el barrio de La Boca se mantuvo prácticamente deshabitado. Fue entre los años 1830 y 1852 cuando comenzaron a instalarse las primeras familias de inmigrantes italianos. Actualmente viven más de 45.000 personas y sigue siendo un barrio de inmigrantes: el 40 por ciento de sus habitantes provienen de Paraguay, Uruguay y Bolivia. Los conventillos levantados hace 100 años por los inmigrantes continúan albergando a muchas de sus familias. Sus umbrales desembocan en veredas que llegan a superar el metro de altura, mientras en el resto de la Ciudad no alcanzan los 20 centímetros sobre la calle.

 
En la historia del urbanismo moderno, las veredas tienen el fin ordenar el tránsito de los peatones y protegerlos del intenso movimiento vehicular de las ciudades. En cambio, en La Boca se hicieron con un solo fin: salvar a los vecinos de las grandes inundaciones que azotaron al barrio desde su origen.
 
Como aquella gran sudestada en 1993, cuando el agua llegaba mínimo hasta la cintura y en algunas partes del barrio hasta el pecho. “Vi la verdadera solidaridad, todos los vecinos limpiando cuando se fue la inundación, dándose una mano uno al otro”, recuerda Dani el diariero de la esquina de Olavarría e Irala. Puesto que está de vigilia desde hace 30 años.
 
“Eran inundaciones que podían durar cuatros días, cuatro días de total oscuridad sin luz eléctrica”, refresca Josefina, de 85 años.
 
O como lo recuerda el escritor Roberto Arlt, en una crónica del 15 abril de 1940 en el Diario El Mundo: “Nos subimos a una chata. La oscuridad rayada de agua lenta amenaza más aguaceros. La Boca se ha transformado en una ciudad muerta y gris”. O rememora un testigo anónimo. “El panadero y el lechero andaban en bote vendiendo su pan y su leche. Los veredones de La Boca se convertían en mini puertos, entonces el barrio se inundaba de cientos de negocios flotantes gracias a la sudestada”.
 
Un veredón paradigmático de La Boca, no apto para cochecitos de bebés ni sillas de rueda, es el de la calle Olavarría entre Práctico Póliza y las vías del tren. En sólo 20 metros de largo tiene diversas alturas. En la ochava llega casi a los dos metros, con siete escalones de forma ultra empinada, y al lado mismo una rampa, que parece para una competición de patinetas extremas. Luego, caminando cuatro metros en dirección a las vías, se encuentra el “Kiosco de la vereda alta”, cruzando el local hay tres escalones que bajan a un nivel inferior, un metro y medio de altura, y está la Santería, con sus velones rojos, de casi un metro de altura también. Unos pasos más, siempre en dirección a las vías y se choca con dos escalones que obligan bajar a un metro de la calzada, otro surtidor de cerveza, competidor del kiosco de la vereda alta. Otros cinco metros de caminata y aparece una vereda normal, de 20 cm de altura. Pasos más y están las vías del tren carguero, pasaje que no tiene señalización y nada de seguridad. Cualquiera diría que ningún tren pasa ya.
 
En la calle
El espacio púbico tiene distintos usos según los sectores sociales. Las clases altas solo lo utilizan para transitarlo, ya que viven en edificios de alto confort, solárium, piscinas privados o en countries. Los sectores medios habitan el barrio y sus lugares públicos - escuelas, plazas, cafés, club de barrio y las calles- como ámbitos de encuentro y paseo.
 
Pero para las clases populares la calle es una prolongación del ámbito familiar. Habitan intensamente el espacio público y en La Boca, donde la mayoría vive en conventillos, la vereda es un ambiente más de la casa. Desde chicos se crían en la calle. Y es donde se pasa de la niñez a la adolescencia. Las veredas son el escape del calor incesante en las noches de verano, todavía existe sacar las sillas a la vereda, tomando un tereré (mate paraguayo) o simplemente una cerveza bien helada. Hasta para hacer asado se usan.
 
También las esquinas de los veredones son el lugar perfecto para la famosa parada de la juventud, que se sienta a tomar un vino con coca o a fumar un cigarro ilegal.
 
En la calle Necochea, la zona más humilde y olvidada del barrio, se puede ver una pileta de lona de cuatro metros de largo, que cubre toda la vereda en su ancho, niños nadando, riendo, a centímetros de colectivos que pasan a gran velocidad. La vereda es el patio del fondo de la casa, pero adelante.
 
Será por eso que también es una postal del 1900, no solo por sus veredones que eran para las inundaciones, sino por la calidez que se respira en el barrio de La Boca, en un mundo donde todos estamos mirando una pantallita las 24 horas del día.
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