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jueves 26, julio de 2012

Comer afuera en La Boca

 Salir a comer fuera de casa es una

costumbre gratifi cante y privativa
de clases medias. En otros casos es
la respuesta a la imposibilidad de acceder
a una alimentación básica. Si tenemos
en cuenta que estamos en un país que
produce alimentos para 300 millones
personas y lo habitan menos del 20 % de
esa cantidad, parece un absurdo.
La Ciudad de Buenos Aires, capital
de esa impresionante producción alimentaria,
representa el distrito que concentra
la mayor riqueza. Según fuentes ofi ciales,
todos los días almuerzan 23.000 personas
en los 317 comedores comunitarios a los
que ésta gestión asiste. Esto también es
comer afuera.
Como para muestra sólo hace falta
un botón, nos pusimos en contacto con
Lidia López, referente del Comedor
Esperanza de La Boca y una de las dos
delegadas de Comedores del barrio. Es
que la zona sur de la Ciudad ostenta la
mayor cifra, tanto de comedores como
de obligados comensales.
La Boca posee 28 comedores que
alimentan cada mediodía a cerca de 4 mil
personas, sólo 2 sirven alimentos también
por la noche. Están asistidos por el Operativo
Apoyo a Grupos Comunitarios,
del ministerio de Desarrollo Social porteño
a cargo de Carolina Stanley, hija del
poderoso empresario de la alimentación
–paradójicamente- Guillermo Stanley.
Esta asistencia consiste, según nos
cuenta Lidia López, en la provisión de
alimentos frescos en forma diaria, y
semanalmente verduras y no perecederos.
También reciben un subsidio en
efectivo, 2 veces al año, que promedia
los 12.000 pesos -para insumos, monto
que incluye 3.600 pesos para 3 personas
que trabajen, a razón de $ 200.- por mes
para cada uno. ¿?
“Los comedores no son solamente
un lugar donde venís a comer y chau,
deben ser un lugar de contención, donde
quienes vienen puedan encontrar otras
actividades a las cuales tampoco tienen
acceso, como talleres, capacitaciones,
apoyo escolar, etc, pero para todo eso
hacen falta recursos”, expresa Lidia con
dolor. En el caso particular del Comedor
Esperanza, quería crear una juegoteca
para los chicos que pasan toda la tarde
en el lugar: “Entregué el proyecto a las
corridas el último día y me lo aceptaron.
Esto sucedió en enero, todavía no tengo
respuesta”. También brindan, a pulmón,
apoyo escolar, pero la voluntad sin insumos
mínimos queda en un gesto.
“Siento que hacemos un trabajo a
medias, sin terminar”, la utilidad del
trabajo queda limitada a saciar una
necesidad fi siológica que es el hambre,
sin tener en cuenta para nada a la
persona. Se podría inferir que quienes
dirigen estos programas no tienen una
intención inclusiva, sino más bien
orientada a la demagogia política.
Ante este supuesto, la delegada de
Esperanza lanza como una sentencia:
“Mi trabajo me ha hecho ver mucha
injusticia, a ver si me explico, si yo
soy del PRO me dan todo, no me falta
nada, tengo el CPI (Centro de Primera
Infancia), tengo la juegoteca; ahora,
como no soy del PRO, no tengo nada”.
¿A eso no lo llamaban clientelismo
político?. SIC.
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