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domingo 9, marzo de 2014

Histórico

Tras sufrir el incendio del conventillo donde viven hace décadas, las familias de Iberlucea 1249 se unieron para reclamar por su vivienda. El Gobierno porteño vio el negocio inmobiliario e intentó quedarse con la vivienda, que no tiene dueño. Cinco días de acampe en pleno Caminito y una firme resistencia, lograron que la Justicia los reconozca como “ocupantes con derecho”.  Por Martina Noailles

Histrico
“Este es un barrio de lucha. En La Boca se lograron muchas conquistas sociales, como la huelga de inquilinos. No somos entregados”, asegura con firmeza Napo mientras cuelga una lamparita entre las carpas que se desparraman por Iberlucea bajo la lluvia. Los vecinos se recuperan del incendio que en la madrugada del 10 de febrero destruyó la mitad del conventillo al 1249 y se organizan para resistir. Los turistas se detienen y sacan fotos de la ranchada. El Gobierno porteño ofrece tres cuotas de 1800 pesos a los damnificados y hace una presentación judicial para quedarse con el edificio de gran valor comercial, en pleno Caminito. Pero no lo logra. Cinco días después, la unidad de las 26 familias, el apoyo de las organizaciones y una inquebrantable resistencia que paralizó una de las zonas más turísticas de la Ciudad frenó la embestida. En un fallo histórico, la Justicia los reconoció como “ocupantes con derecho” y les permitió reingresar a sus casas. La gestión PRO no sólo debió retroceder en su intención de dejarlos en la calle y transformarse en dueño del lugar, sino que terminó dándole a los vecinos subsidios para que vuelvan a poner en condiciones sus viviendas destruidas por el fuego. Enorme victoria.
 
USUCAPIÓN. El conventillo de Iberlucea 1249 da al paseo Caminito. Desde el medio y hacia atrás el fuego avanzó rápidamente en las primeras horas del lunes 10 de febrero. Dicen que se inició tras una pelea entre vecinos. Varios se tiraron por las ventanas de colores para escapar del incendio. Los bomberos llegaron rápido y con el dolor de la tragedia de Iron Mountain en sus espaldas. Al vecino Samovar de Rasputín también llegó el fuego. Por milagro, la historia del blues que vive entre sus paredes resultó a salvo. Apenas salió el sol y con el incendio controlado, comenzaron a llegar los vecinos y su solidaridad. También llegó la guardia de auxilio y un arquitecto del Gobierno porteño que, rápidamente, dictaminó que el lugar estaba inhabitable, a pesar de que a la mitad de adelante del conventillo no le llegó ni una chispa.
 
“Los vecinos estaban en la calle, la guardia de auxilio decía que era inhabitable y la Ciudad ya había presentado la pretensión sobre la propiedad. Estaba todo perdido”, recuerda Natalia, una de las vecinas damnificadas. Y agrega: “De ahí en más era todo por ganar. Era aguantar, aguantar y aguantar”.
 
El dueño de Iberlucea 1249 se llamaba Milanesi. Hasta que se murió, hace una década, las familias le pagaban el alquiler en tiempo y forma. Sin embargo, nunca se presentó declaratoria de herederos y la propiedad quedó sin dueño que la reclame. Las familias de siempre, muchas con más hijos o nietos, continuaron viviendo allí e incluso estaban pagando los impuestos adeudados. En esa situación estaba el conventillo cuando llegó el fuego.
 
Y aunque parecía todo perdido, las familias (134 personas entre grandes y chicos) rechazaron la pretensión del Gobierno porteño de cambiar tragedia por negocio inmobiliario y acamparon en plena calle. Nueve carpas y más de 40 personas durmieron allí por cuatro noches para recuperar su vivienda. Su abogada, Silvana Llanes, hizo la presentación judicial ante el Juzgado Nacional 14 que aceptó a los vecinos como parte del expediente y les permitió presentar nuevos informes técnicos sobre el estado del lugar.
 
En muchas casos entre las cenizas, los vecinos lograron juntar algunos papeles y recibos que comprobaban que vivían allí desde hace más de 30 años. También los presentaron ante el juez.
 
Sin dueño y con vecinos que no hacen más que continuar viviendo en el mismo lugar que en las últimas décadas, el derecho sobre la vivienda es más que evidente. A ese derecho se lo llama usucapión y se repite en varios conventillos del barrio tras la muerte de sus dueños o la falta de herederos. Hay que exigir su reconocimiento. 
 
Ante la evidencia, el Gobierno porteño desistió en su pedido sobre la propiedad y se sentó a negociar con las familias para que levantaran tan incómodo corte de calle. El acuerdo tardó unos días pero llegó.  La Ciudad les otorgó un subsidio a cada una de las 26 familias, y con ese total de casi medio millón de pesos los vecinos acordaron reconstruir las viviendas arruinadas. La gestión del PRO también cedió habilitaciones, permisos de obra, materiales para la construcción y el costo del retiro de los escombros.
 
“La Boca viene dando la discusión sobre el conflicto habitacional y la embestida del Gobierno de la Ciudad con respecto al proyecto inmobiliario que hay destinado para el barrio. Eso ayudó a organizarnos para resistir”, explica Natalia. Otra vecina damnificada, Rosa Torres, coincide: “Más allá de que fue todo muy triste tenemos un resultado que beneficia a todas las familias. Pero todo es a base de lucha, de estar unidos, de pelearla. El Gobierno quería quedárselo, decía ‘tomen la plata y váyanse’. Pero no. Llegamos a donde quisimos llegar”. Fabián Cabrera, también resume con una sonrisa: “Nos unimos, nos pusimos de acuerdo y le dijimos al Gobierno que íbamos a pelear por lo que nos pertenece. Y así fue hasta el final”.
 
La lucha de Iberlucea 1249 debe ser un ejemplo para los vecinos de un barrio que está siendo despojado de sus habitantes para instalar otro barrio, sin pobres y con más turistas. El negocio avanza de la mano de un Gobierno porteño que empuja fuerte. Ante cada incendio, cada desalojo; la única respuesta es la expulsión. Sin una decidida resistencia y unidad de los vecinos, la gestión PRO seguirá avanzando. De hecho, mientras las familias de Iberlucea acampaban, a unas cuadras de allí, en Necochea y Suárez, un desmoronamiento en otra vivienda también terminó en “inhabilitación y desalojo administrativo” de varias familias. Dos días después, Cliba “limpiaba” a un grupo de cartoneros en Palacios y Pedro de Mendoza. 
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