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jueves 23, octubre de 2014

Francisco Núñez pasó un año y tres meses en prisión por una causa armada. Su familia denuncia que lo detuvieron para acallar la lucha por el crimen de su hermano Diego, asesinado por un policía en 2012. Desde su casa de La Boca, la familia alza la voz. Por Luciana Rosende

Las paredes de la casa de los Núñez sí hablan. Dicen: “Transformaremos nuestro dolor en coraje para seguir luchando”. Y también: “Gritaré de nuevo por justicia y libertad por Diego y Fran”. Plasmadas en un fondo pintado de azul y amarillo, en la esquina de Martín Rodríguez y Brandsen, las frases narran el reclamo y la lucha por Justicia de una familia atravesada por dos casos de violencia institucional.

 

Primero fue Diego. El 19 de abril de 2012, día de su cumpleaños número 19, el agente de Interpol Pablo Alberto Carmona le disparó cinco veces. Lo mató. La versión oficial indicó que Diego y otros jóvenes habían entrado a un edificio en un intento de robo y que el policía tiró para defenderse. Pero cuatro de los cinco balazos fueron disparados desde arriba. Diego murió en cuclillas. Su papá lo buscó durante dos días hasta que lo encontró en la morgue.
 
Después fue Francisco. El 1º de junio de 2013, el hermano de Diego fue detenido. Lo acusaban de haber matado a un vecino de La Boca en noviembre de 2012. El principal elemento probatorio que tenían en su contra era un grito de su novia. “¡Fran, vení!”. La chica lo llamaba desde la ventana porque Francisco había escuchado una pelea en la cuadra y había ido a ver si alguien de su familia estaba involucrado.
 
“La Fiscalía solicitó la absolución por encontrar que todo el marco probatorio que imputaba a Francisco era absolutamente irregular”, dijo Ramiro Gerber, el abogado de Correpi que integraba la defensa en el juicio, a Notas. La acusación se sustentaba además en las declaraciones de otros testigos, ninguno presencial: uno fue descartado por encontrarse en Chile, otro dejó en evidencia “una cantidad importante de contradicciones”, según Gerber, y el testimonio del tercero que pretendía haber visto la escena del homicidio desde un sexto piso, quedó sin efecto después de que se comprobara que tenía la vista imposibilitada por un techo de chapa.
 
En agosto pasado llegó el juicio por el homicidio de Jesús Vidal Barja. La sentencia del Tribunal Oral en lo Criminal Nº 24 absolvió a Francisco y salió en libertad. No hubo ningún elemento para demostrar que él había matado al vecino. “En realidad, a mí me llevan preso para que de alguna forma u otra mi familia cesara la lucha y el pedido de justicia por Diego”, asegura Francisco.
 
Múltiples organizaciones sociales denunciaron que se trataba de una causa armada. La sentencia judicial les dio la razón. Pero hasta entonces, Francisco pasó un año y tres meses tras las rejas. Primero en la Unidad 28, luego en Devoto, Ezeiza y Marcos Paz. “Lo más peligroso que hay en las cárceles y en la calle es la Policía –advierte-. Empezaron a darme pastillas para que estuviera regalado, para que no hiciera quilombo y manipularme”. Cuando sus padres, Lucía y Omar, lo vieron en Ezeiza, recién salido de Devoto, Francisco ni siquiera los reconocía. “Estaba en calzoncillos y medias. Con el cuello todo lacerado de los intentos de ahorcamiento”, cuenta su papá.
 
“Cuando estaba en Devoto me acuerdo que una noche me cagaron a palos, me hicieron bañar con agua fría y después me cagaron a palos otra vez. Me pincharon un par de cosas en las piernas. Me empezaban a decir que me suicidara porque si no me iban a matar”, relata Francisco, y cuenta sobre lo mala que era la comida, la falta de abrigo y los negocios que montaban los penitenciarios ante esa escasez. “Trato de no acordarme mucho, porque me pone medio bajón”, dice.
 
Una vez por semana Francisco recibía la visita de su hijita, Ludmila, que hoy tiene cinco años. “Muchas veces yo la llamaba a la noche y ella lloraba pidiendo que vaya, esas cosas no te las olvidás más”, se angustia Francisco. Sus padres y hermanas lo visitaban casi todos los días. Viajaban en la camioneta que habían comprado para regalarle a Diego en su cumpleaños, pero él no la llegó a conocer. El gatillo fácilmente apretado por un policía se lo impidió. Ese policía hoy está libre y la investigación judicial parece estancada. La causa de Francisco “es enorme, tiene como 800 fojas”, se indigna Omar. Y la de Diego “es un cuerpito así”, dice haciendo un gesto con los dedos como si pidiera un café en el bar.
 
Lucía, la mamá de Diego y Francisco, ceba mate en silencio durante casi toda la charla. Después del segundo termo, se sienta y habla. “Hace más de dos años que venimos luchando por Diego. Nos arman la causa de Francisco e imaginate cómo estamos; fue un año y tres meses de luchar por su libertad. Días que corríamos, que esperábamos el llamado de él a cualquier hora, vivíamos paranoicos esperando el teléfono”, se acuerda. “Ahora estamos un poco más tranquilos, pero igual seguimos con un poco de miedo. Cuando sale le pedimos que tenga los documentos, que se comunique. No descansamos, nuestra lucha es mucha. Esto no va a parar, porque a Diego no lo tenemos”, dice Lucía antes de quebrarse.
 
Los Núñez venden choripanes en la vereda, especialmente los días de partido. Omar trabaja además en una cooperativa de vivienda en Mataderos. En tanto, planean seguir luchando contra la violencia institucional. Están organizándose para instalar un comedor en la Isla Maciel, para asistir a chicos adictos al paco, sin dejar de alzar la voz por Diego. “Todavía tenemos que conseguir justicia por mi hermano, que es lo principal”, concluye Francisco a un mes de haber recuperado su libertad.

 

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