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viernes 13, mayo de 2016

Qué culpa tiene el mosquito

 Los números oficiales y la realidad no coinciden. Con sólo poner un pie en la villa 21-24 los casos de infectados de dengue se suman de a cientos. También la referencia a vecinos que murieron tras la picadura pero cuyas actas de defunción disfrazan las razones. Mientras los vecinos calculan más de 800 casos, el Gobierno porteño sólo reconoce 269 en toda la Comuna 4.  Por Luciana Rosende y Lucrecia Raimondi

Qu culpa tiene el mosquito

 “¿Cómo le decís a la persona que no le sale agua en el día, ni por varios días, que por el dengue no junte en un tacho el agua que usa para lavar, comer y bañarse?”, lanza una vecina de la Villa 21-24 de Barracas. Y con una sola pregunta derrumba el castillo de naipes de las campañas contra el dengue allí donde la falta de urbanización es el principal riesgo sanitario. Recién cuando llegó el frío hubo algo de tregua. Pero quedó la preocupación entre los vecinos de la 21, uno de los barrios con más casos de toda la ciudad. Nadie sabe exactamente el número de infectados ni de muertos, aunque todos usan varios dedos de la mano para contarlos: la maestra, el bebé de San Blas, la señora de los ocho hijos, la nenita. Cuando la enfermedad parecía haberse adueñado de la villa, los vecinos marcharon hasta Iriarte y Vélez Sarsfield y cortaron la calle durante algunas horas. Querían hacerse oír, con un único mensaje: “El responsable no es el mosquito, es el Estado”.

Hasta el 20 de abril, cuando realizaron la manifestación, en el barrio se hablaba de unos 800 casos. Un mes antes, cuando se reunió una mesa de trabajo con representantes del gobierno porteño, la justicia federal, la Defensoría Pública porteña, la Autoridad de Cuenca Matanza Riachuelo (Acumar) y el cuerpo de delegados de la villa 21-24, el Ministerio de Salud porteño reconocía que, al 16 de marzo, se registraban únicamente 570 casos en toda la ciudad. Según pudo saber Sur Capitalino, sólo en los registros del Cesac 8 había alrededor de 300, por lo que allí consideraban “muy factible” que el número total calculado por los vecinos fuera certero.

Lo único claro es que los números oficiales minimizan la problemática y que, en base a esta política de invisibilización, la Ciudad no declaró ni declarará la emergencia sanitaria.  
 
Flojos de papeles
Por algunos pasillos aparecen, cerca del verano, personas con máscaras y trajes aislantes que echan al aire un líquido sin color y sin olor. Suelen llegar una vez cada ocho meses, aunque desde fines de marzo, cuando murió una docente de la Escuela 9, el Gobierno de la Ciudad manda a fumigar las escuelas. Ese caso destapó que la Villa 21-24 sufre una grave epidemia de dengue por lo menos desde febrero. Antes de la muerte de la maestra –Laura López, de 47 años- la última visita de los fumigadores había sido en noviembre.
 
Ningún organismo público confirmó las muertes por dengue en el barrio. Todo queda en la presunción, o el desenlace fatal se atribuye a una enfermedad preexistente. Así pasó con una bebita de un año y tres meses, Luz María, que vivía en San Blas. Su mamá, Blanca, asegura, en una carta que publicó La Poderosa, que lo que mató a su hija fue el dengue. Sin embargo, cuando falleció los médicos les dijeron a sus papás que había muerto por una enfermedad en la sangre.
 
El certificado de defunción de María Cristina Tartarello, de 48 años y madre de 8 hijos, tampoco indica dengue. Era hipertensa y tenía problemas cardíacos. La causa oficial de muerte fue congestión y edema agudo de pulmón, pero el hecho de que uno de sus chicos tuviera dengue incrementa las sospechas de que ella también se hubiera contagiado. “Tartarello era mi vecina en la manzana 29 –dice Mario Gómez, delegado barrial-. Si hay enfermedades conexas el dengue potencializa eso. En mi familia ya hubo tres personas infectadas. Nosotros buscamos cómo controlarlo con Paracetamol, hidratación, las indicaciones básicas. Pero el Estado estuvo ausente absolutamente”.
 
Esmeralda, de 14 años, empezó con fiebre alta y a los dos días la llevaron al Argerich, donde le diagnosticaron las defensas bajas. Le repitieron los estudios en el Penna y finalmente en el Muñiz. Recién ahí confirmaron el dengue. La dejaron internada cinco días. En los hospitales no recibió medicación ni alertas de prevención. Durante 15 días Esmeralda sufrió mucha fiebre, sed, dolor en el cuerpo, en las articulaciones y detrás de los ojos. De cada diez casas del barrio, siete tuvieron alguien enfermo con estos síntomas. “Estamos en un lugar que no es apto: una pieza de 3x2 con mucha humedad, a 200 metros del Riachuelo, el baño al fondo sin cloacas y una ventana por donde entran los mosquitos que crecen en el agua estancada entre las construcciones precarias donde vivimos”, describe Isabel, madre de Esmeralda y vecina del Camino de Sirga.
 
Sin recursos, sin información
Nancy vive en la 21 y es promotora de salud. Hace más de tres meses que recorre casa por casa junto a vecinos organizados y médicos de los Cesac 8 y 35, para difundir el mensaje: no acumular basura, hacer el descacharreo, usar repelente. Pese al esfuerzo, la proliferación del mosquito y la enfermedad seguían. Tanto, que motivó la visita al Cesac 8 de la ministra de Salud de la Ciudad, Graciela Reybaud. No habló con los vecinos, pero dejó a los médicos un número de teléfono para canalizar lo que se diga. Como si la circulación de información preocupara más que la del insecto.
“Las doctoras no se están arriesgando a decir que es una epidemia ni que murió gente, porque si llega a sus jefes las pueden levantar en peso”, revela Nancy. El camión sanitario que envió el Ministerio para asistir a los Cesac tiene presencia irregular y trajo sus propios conflictos a cuestas: los médicos no cobran hace cuatro meses. “Nos vemos superados ampliamente. Las dificultades en el sistema de salud son conocidas, y una epidemia hace explotar lo que ya venía siendo decadente. Los repelentes vienen a cuentagotas”, asegura un trabajador de una de las salitas.
 
“Si se hace un buen control de foco, en los cuatro o cinco días que el infectado puede contagiar se bloquean los mosquitos adultos. No se hizo un buen control en el barrio”, alerta una médica sanitarista que depende de un organismo estatal con presencia en la 21. Y asegura que “si se hubiera trabajado bien tras la epidemia de 2009, no se llegaba a esto”. En todo el país, ya hay un 70 por ciento más de casos que entonces. “Hay cuatro virus del dengue: acá circuló en su mayoría el 1. Quien fue contagiado es inmune a ese, pero si empieza a circular otro tiene más chances de tener un dengue hemorrágico grave. Es probable que el sistema de salud no dé a basto el año que viene si no se prepara la Ciudad”, advierte.
 
No hay descacharreo sin urbanización
Los vecinos tienen resistencia de ir al médico por si les descubren otras enfermedades. Si les dan un tratamiento de reposo, lo dejan para ir a trabajar porque los echan o pierden el día. “Uno no se puede dar el lujo de estar un mes en cama, menos con las cosas como hoy, que está todo re caro”, sincera Dagna Aiva, vecina del sector Barrio Nuevo. Cuenta que hay vecinos acumuladores y tienen chatarra al aire libre, que se moja y junta agua cuando llueve. Como es su fuente de trabajo, no los denuncian. “Acá pasa lo que pasa porque es tierra de nadie. Uno se siente desesperado con todas las cosas que pasamos y encima ahora el dengue”, se lamenta.
 
La 21-24 son 60 hectáreas habitadas por entre 50 y 60 mil personas. En el barrio hay pocos suministros de agua -mangueras en el piso-, poca presión, las cañerías están conectadas con las cloacas, se desbordan y contaminan el agua que circula. Los pasillos angostos están repletos de charcos; en algunas casas, hay pelopinchos llenas y alrededor de ellas agua estancada.  
 
Las nuevas 13 manzanas de la villa (conocidas como Catritre) no tienen acceso al agua corriente. Se logró que Aysa reparta todos los días dos litros por persona. Hace un año se presentó un proyecto por el tendido de cañerías para el suministro en ese sector. “Está parado, nadie da pelota y a veces hay que hacer reclamos para que no dejen de venir a dar los sachet de agua. Si uno llama a la UGIS -Unidad de Gestión de Intervención Social del Gobierno de la Ciudad-, donde los villeros hacemos los reclamos, no te reciben ni te firman nada”, denuncia Dagna. “Si urbanizan, pavimentan, iluminan, ponen el medidor y la red como corresponde, los bichos se van y el dengue no nos afectaría tanto”, reflexiona. Tiene claro que la culpa no la tiene el mosquito. 
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