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jueves 17, noviembre de 2016

Invisibles

Diez días después del paro nacional de mujeres contra la violencia de género, Élida Delvalle Barrios fue asesinada a puñaladas por su pareja en plena calle. Vivía en la Villa 21-24, donde una gran marcha reclamó justicia y trató de visibilizar una problemática que existe en todas partes, pero que pasa desapercibida para los grandes medios cuando la escena del femicidio es villera. Por Luciana Rosende 

Invisibles

 “¡Dejen de quejarse!”. “¡Las vamos a fajar a todas!”. Las amenazas llegaron desde alguna ventana o algún pasillo. Fueron lanzadas al aire mientras una gran marcha avanzaba por avenida Iriarte, en la Villa 21-24, para exigir justicia por el femicidio de Élida Delvalle Barrios. En respuesta a los gritos de provocación, los gritos de repudio. De un barrio que salió a la calle para exigir que las consignas “Ni una menos” y “Vivas nos queremos” también tengan anclaje en la villa, ahí donde los femicidios parecen invisibles para los grandes medios.

 
El martes 25 de octubre, Élida compartió en su cuenta de Facebook un banner que decía “Si no puedes hacer que tu pareja cambie, tú cambia… ¡pero de pareja!”. Y agregó un comentario: “Es lo que estoy intentando hacer”. Cuatro días después, el sábado 29, su pareja y padre de dos hijos la mató. Lucio Sánchez le clavó más de 20 veces un cuchillo en el cuerpo. Fue en plena calle, en la Plaza 8 de Diciembre. Allí estaba también la hija de ambos, una nena de siete años que salió corriendo a pedirle ayuda a una tía. Pero ya era tarde.
 
“El tipo siempre fue violento. Pero mi hermana lo tapaba. Ella estaba amenazada. No podíamos adivinar que iba a llegar a esto, estuvo 20 años en pareja”, contó Gladys, una de las siete hermanas de Élida, a Sur Capitalino. “Ahora estaban separados y él quería volver a la fuerza. No sabemos bien cómo fue, si él la citó o la sorprendió. Según los vecinos, estuvieron hablando en la plaza y después lo hizo. Estaba la nenita de siete con ella: se fue corriendo a avisar a una tía pero, cuando llegó, mi hermana ya estaba en el suelo”, relató Gladys.
 
Élida había logrado tomar coraje para denunciar. Pero, como en tantos otros casos, no alcanzó. “Mi hermana lo había denunciado, pero luego retiró la denuncia. Él la amenazaba, le decía que si lo denunciaba iba a ir preso por poco tiempo y cuando saliera la iba a matar a ella y a todos –recordó Gladys-. Una vez le había pegado a mi hermana y el hijo de 14 lo demandó, desde ahí había una orden de restricción, pero nadie controla. Si alguien controlara eso, se podía evitar esto”.
 
Élida tenía 39 años y era oriunda de Paraguay, igual que el femicida. Tenía tres hijos: una joven de 22, de una pareja anterior, que vive en su país natal, y dos hijos de 7 y 14 que vivían con ella en el barrio y estudian en la Escuela 11. Ambos son hijos del asesino. La mujer y los chicos llegaron a la Villa 21-24 de Barracas hace alrededor de un año. Élida vendía chipá y era el sostén de la familia.
 
“Estamos viendo cómo van a seguir. En algún momento se habló de que querían volver a Paraguay, pero parece que no. Los chicos están con una tía paterna que tenía muy buen vínculo con Élida, y sus hermanas no viven en la villa. Ahora hay que acompañar a la familia, a los chicos”, comentó el Padre Toto, de la Iglesia Caacupé, donde los hijos de la víctima participaban de distintas actividades.
 
“Es un caso más de muchos otros que ha habido históricamente en la villa, pero lo que pasa acá es que cuando los medios quieren lo transmiten y cuando no, no se ven. A veces un mismo hecho que pasa afuera se transmite pero si pasa en la villa, no”, cuestionó el cura. El femicidio de Élida ocurrió diez días después del primer paro nacional de mujeres contra la violencia de género, que culminó con una multitudinaria manifestación vestida de negro y bajo la lluvia. Pese a la fuerza de ese reclamo, el crimen de Élida a puñaladas y en plena calle casi pasó desapercibido para los medios hegemónicos.
 
Así y todo, el caso causó ebullición en el barrio. El jueves 3, un gran número de vecinos y vecinas se concentró en avenida Iriarte y Luna, para marchar hasta la calle Zavaleta y llegar a la Plaza 8 de Diciembre, escenario del femicidio, donde además se realizó una misa. “Hacemos responsable al Estado por la falta de acción en los casos de femicidios y la violencia a la que son expuestas las mujeres, cuando no son escuchadas ni contenidas a la hora de pedir ayuda. La mayoría de las mujeres asesinadas en nuestro país ya habían denunciado al agresor”, advirtieron las organizaciones sociales y políticas, religiosas, trabajadoras de las escuelas y Cesac de la villa que convocaron a la movilización, quienes además denunciaron la “revictimización de las mujeres pobres en estos casos”.
 
“Hace 11 años que laburo en el barrio y fue la marcha más grande que vi en este tiempo. Fue multitudinaria”, describió Nicolás Bassani, miembro de la organización Zavaleteros, tras la movilización por Élida. “Hubo un contexto de organizaciones y vecinos que nos estábamos juntando por los abusos de las fuerzas de seguridad. Creo que tuvo mucho que ver con la marcha. Creo que en el día a día hay una violencia que hasta está aceptada, y muchas mujeres están tratando de que se frene”, señaló. Y narró el episodio en el que un grupo de vecinos se asomaron a la marcha para provocar y amenazar a las manifestantes. “Por suerte no pasó a mayores, pero se plantaron todas. La violencia de género se vive mucho más fuerte por la invisibilidad de los medios hegemónicos y de la justicia en la villa”, contrastó, y advirtió que todos los espacios de trabajo territorial que se habían instalado en los últimos años para combatir esta y otras problemáticas se fueron vaciando en 2016. Tras más de una década en la Villa 21-24 y Zavaleta, concluyó: “Siempre nos tocó de cerca el tema de violencia, abuso, golpes a chicas y a madres. Me parece que había algo por debajo y que ahora muchas vecinas se animaron a salir a decirlo en el barrio”.
 
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