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jueves 19, enero de 2017

“"Es una comunidad con una fuerza especial”"

En el libro La 21/24. Una crónica de la religiosidad popular frente al desamparo, Inés Arteta recupera la historia de la barriada que nació a orillas del Riachuelo, con el trabajo comunitario y las creencias religiosas como bases de su resistencia. Por Pablo Waisberg

Inés Arteta entró a la Villa 21-24 llena de prejuicios y, también, de la decisión de ponerlos a prueba. Tenía la decisión de contar la historia de cómo se formó ese barrio humilde, de 65 hectáreas, que se levanta a la vera del Riachuelo, no tiene cloacas pero sí una fe a prueba del paso del tiempo. Sabía que ese lugar había nacido de las manos de campesinos llegados de las provincias argentinas y de inmigrantes de los países limítrofes en la década del 50. Sabía que habían llegado buscando trabajo y que armaron sus casillas donde y como pudieron. Sabía que parte de esa villa estaba atravesada por la Virgen de los Milagros de Caacupé, la virgen morena paraguaya. Lo que no sabía era que tres años después, cuando publicara su libro “La 21/24. Una crónica de la religiosidad popular frente al desamparo”, iba a quedar prendida a ese barrio.

 
El libro empezó a nacer cuando Inés conoció al sacerdote Carlos “Charly” Olivero, que tiene cuarenta años y coordina los centros de inclusión y acompañamiento integral para los usuarios de paco, que funcionan bajo el paraguas de la Vicaría para la Pastoral en Villas de Emergencia. Es la cuarta vicaría temática que depende del Arzobispado porteño. Hasta agosto de 2009 sólo existían tres (de la Juventud, la Niñez y la Educación) pero la amenaza de muerte al padre José María Di Paola, a quien todos llaman Pepe, terminó en la decisión del entonces cardenal Jorge Bergoglio de jerarquizar la tarea de los curas villeros. Fue también una forma de poner un manto de protección sobre Di Paola, uno de los sacerdotes que había firmado esa denuncia pública donde decían que la droga “está despenalizada de hecho” en las villas porteñas y afirmaban que “la mayoría de los que se enriquecen con el narcotráfico no viven en las villas”.
 
Cuando conocí al padre Charly le pregunté cómo lo podía ayudar y me dijo si me animaba a escribir la historia. Él quería que la historia no se perdiera y que, dentro del propio barrio, conocieran esta suerte de fuerza especial que hay en esta comunidad. Fue un trabajo de mucha investigación. Cada vez que iba a hacer una entrevista me iba con la sensación de saber menos porque es mucho más complejo de lo que el prejuicio o el estereotipo te indica. Todos tenemos una idea de lo que es una villa, pero hay que entrar allí con la idea de no saber y querer conocer. Por eso cuanto más preguntaba más se me abría el horizonte para poder entender”, recuerda Arteta en la entrevista con Sur Capitalino.
 
- ¿Qué cambió en las villas entre los 70 y el presente?
- La complejidad. Entre los 70 y ahora están los 90 en el medio. La mayor diferencia es el tamaño. En los 70 todos se conocían. Todos sabían de dónde venían. Se iban instalando por relaciones de parentesco. Llegaba alguien de Paraguay y caía donde estaban los parientes o los amigos de los parientes; caía alguien del Chaco y no iba a la zona de los paraguayos, iba a la zona de los chaqueños. Y eso de que no había llave en la casa o que había una tranquerita con gancho, compartían la heladera o el sábado se ayudaban a levantar las casas. Todo eso es muy distinto y ni qué hablar del tema de la droga. Ahí viene el prejuicio gigante de que de esos barrios sale la droga. Lo que me interesa mostrar es que este es un barrio, en muchos sentidos, con los mismos problemas que los otros. Por ejemplo, mi barrio (Palermo) está lleno de drogadictos pero ahí no es tan evidente y no sé lo que hace el de al lado en su casa, pero en estos barrios se conocen las caras y saben quién es el transa. Pero el narcotraficante no vive ahí.
 
- Otra cosa que aparece en el libro es cómo las villas generan diferencias fuertes dentro de la Iglesia.
-Sí. Hay curas que no están en estos barrios y no quieren esto, que no les parece que tenga que ser así, que no les parece bien que vivan como viven y que trabajen como trabajan.
 
- ¿Cuáles son los mojones históricos de esa pelea interna de la Iglesia en torno a las villas?
- Uno muy importante fue la creación de la vicaría. Fue una decisión grosa. Hubo un antes y un después. Antes era como que estaban en el costado y la peleaban de afuera. Ahora ellos se ríen y dicen “ahora somos la Iglesia oficial”. Ni qué hablar de Bergoglio como Francisco porque ahora la bajada de Roma es “la Iglesia pobre para los pobres”. ¿Qué está diciendo el papa Francisco? ¿Está alabando la pobreza? Creo que no, que dice que sólo se van a poder ayudar entre ustedes y la forma es en estas organizaciones comunitarias, barriales.
 
- ¿Es la misma mirada del padre Daniel De la Sierra (uno de los primeros sacerdotes que vivió en la 21/24 e impulsaba la autoconstrucción de viviendas para salir de la villa y la pobreza)?
- Retoma esa mirada, pero creo que lo hace de una manera más resignada a la situación actual. Creo que si De la Sierra se despertara se largaría a llorar porque la pobreza aumenta y hay más diferencias entre las condiciones de vida entre los pobres y los ricos. También tiene algo muy fuerte vivir en esas casas. Por ejemplo, para los que son segunda generación, esa casa la hizo su viejo, con sus manos. Y eso tiene una fuerza que es muy difícil de entender para la gente que no se construyó su propia casa. Los que hablan de urbanizar dicen “vamos a tirar abajo todo esto y vamos a hacer un edificio lindo y prolijo”, según la mirada de afuera, y no entienden que eso es muy complejo para quienes viven allí.
 
- ¿Qué te cambió este trabajo?
- Hacer consciente un prejuicio. Todos tenemos prejuicios, es imposible no tenerlos. Pero no es tan fácil ser consciente de que estás mirando algo para entender cómo es y que al mismo tiempo tenés el prejuicio, el juicio previo. Ahora camino por la vida acompañada por ese juicio previo de cualquier cosa y tengo una conciencia mayor de esa presencia.
 
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