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domingo 19, enero de 2020

“Todavía no pinté mi mejor obra”

Jorge Melo está a punto de cumplir 101 años. Formado por Berni, Victorica y Quinquela, el artista plástico recibió a Sur Capitalino para repasar su historia, analizar el presente y proyectar el futuro. Por Silvia Vepstas

 

Todava no pint mi mejor obra

Entrar a su casa-atelier es como meterse en una película de Tim Burton. Ni casa, ni atelier. Ni museo, ni tecnología de avanzada. Ni fantasía, ni realidad. Es, simplemente, otro mundo. O, quizá, un mundo paralelo al nuestro donde conviven obras, escritos y objetos del pasado con bocetos, proyectos e ideas del futuro; la bohemia y el intelectualismo crítico; las ganas de quedarse allí para siempre y la necesidad de salir corriendo para contar cómo es y cómo piensa Jorge Melo. Más que una leyenda viviente, este artista plástico que ya pasó el siglo de vida es un observador tenaz, un vigilante del tiempo que se dice pintor pero es también un historiador audaz, analítico y coherente que en cada una de sus obras deja plasmado un mensaje que obliga a repensar conceptos, y en cada uno de sus dichos fuerza al otro a una rebelión interna entre el relato aprendido y el pensamiento propio.

 
“Esta generación perdió reacción, el pueblo ha tenido una movida violenta a la derecha”, dispara efusivo cuando se le pregunta por la actualidad cultural y política del país, y agrega: “esta es la peor época para la cultura, que debe estar al servicio del hombre -aclara- pero la cultura es muy peligrosa y a los capitalistas no les conviene, vivimos un mal cultural y prefieren que miremos novelas en televisión, sin pensar ni reaccionar”.
 
A sus casi 101 años, Melo se expresa tan combativo como en su juventud. Y ese combate no es solo verbal: algunas de sus muestras se titulan “Los rostros del ajuste”, “Los rostros del puto paco” o “Alca-rajo el fondo”.
 
Un siglo de arte comprometido
Oriundo de Liniers, Jorge Melo vivió en varios barrios bonaerenses y porteños, y comenzó a pintar a los 14 años. Estudió en la Academia de Bellas Artes pero terminó su formación a orillas del Riachuelo admirando a artistas como Cunsolo, Berni, Lacámera, Quinquela Martín, Victorica o Menghi; con alguno de ellos trabó amistad, otro solo fueron colegas o maestros.
 
Hace 60 años fue testigo material de la historia de nuestro barrio: vivió la gestación de Caminito como museo a cielo abierto de la mano de los hermanos Cárrega con la intervención y la impronta de Quinquela Martín, a quien le reconoce y atribuye haber hecho mundialmente conocida a La Boca.
 
Comprometido siempre con la situación del país, tras la guerra de Malvinas, montó un taller de arte en el Hospital Militar y se involucró con los ex combatientes allí internados, enseñándoles a pintar y ayudándoles a vender las obras para que pudieran volver a sus provincias. Se apegó fuerte a esa idea de que el arte no debe ser elitista, sino llegar a la gente. A tal punto que descree de los premios y exige, siempre combativo, “que se terminen los acomodos en los salones de Bellas Artes. Los museos –acusa- ya no buscan talentos, sino hacer negocios”. Y asegura que “los mejores museos y salones de bellas artes se encuentran en el interior del país” y no duda de que “el arte es cada vez mejor: los nuevos artistas y las nuevas influencias, lo mejoran”.
 
Cambia, todo cambia
Fue testigo de todos los tiempos: de los prósperos, de los de más crisis, de los años oscuros, de los esperanzadores. Seguro, Jorge Melo vio de todo y vio cambiar todo. “Los cambios siempre vienen bien, aunque se cambie para mal –dice a riesgo de contrariar- porque siempre se aprende de un cambio. Hay que apoyar los cambios. Guay si no hay cambios!” sentencia. Y, aunque cree que “Alberto Fernández es lo mejor que le pudo haber pasado al país” advierte: “hay que terminar con los planes sociales porque las últimas generaciones le esquivan al laburo”.
 
A fines de los ’70, Melo perdió su brazo izquierdo en un accidente automovilístico, pero no le da ninguna importancia: “No me imposibilitó para nada; no conozco ningún pintor que use los dos brazos para pintar”, dice socarronamente.
 
Melo no tiene idea de cuántas pinturas y dibujos hizo a lo largo de su vida. ¿Serán cientos? ¿Serán miles? No le importa el número, pero asegura “todavía no pinté mi mejor obra”. Esta última frase lo pinta a él con genio y figura: siempre mirar hacia adelante, siempre pensar en lo que falta por hacer. Tanto así que, para el día de su cumpleaños número 101, el 11 de abril del 2020,  se prepara para inaugurar una muestra, donde habrá retrospectiva pero, seguramente, también nuevas obras. De hecho, como siempre es mejor que la inspiración lo sorprenda a uno trabajando, pinta varios cuadros a la vez y hay en su atelier obras que aún esperan sus pinceladas finales. “Me inspiro en todo para pintar y el cuadro va saliendo” dice este centenario artista que se declara peronista de izquierda, que asegura que lo mejor de la vida es el amor, que fue jugador de rugby y compartió un partido “con el Che Guevara cuando estaba Frondizi”, que afirma que la mejor mujer de la historia fue Evita y que lleva varias décadas casado con la artista plástica Susana Mercado, su compañera inseparable.
 
Aunque ya camina lento, es de respuestas rápidas y contundentes. Su voz es enérgica y su carcajada sonora. No le esquiva a hablar del pasado pero lo entusiasma más analizar el presente y proyectar el futuro. Sin ningún lugar a dudas, Joaquín Sabina se equivocó cuando escribió que “envejecer con dignidad es una blasfemia”. Jorge Melo, amante de la vida “y si es con vino y empanada, mejor” es un joven que lleva cien años de vida y que, aún, no envejeció.
 
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