La calle y la Red
La odisea de vivir a la intemperie se vuelve apenas un poco más tolerable cuando el barrio es hospitalario y se multiplican los mecanismos de contención y solidaridad. La experiencia de la Red de Cooperación de La Boca, que nació en pandemia y hoy sigue tejiendo lazos y reclamando respuestas a necesidades concretas.

La calle no es un lugar para vivir, pero hay quienes no tienen otra posibilidad. Andan sin un techo donde cobijarse, ni un baño a mano, ni una cama segura donde dormir o una cocina donde cocinar. Las historias personales son diversas: a veces es determinante algún padecimiento psíquico o algún tipo de adicción; en otros casos, las recursivas crisis económicas terminaron de expulsar a quienes primero perdieron el trabajo y después el techo, y así todo lo demás. También juega la (mala) suerte que es grela y te larga parao´, sin rumbo, desesperao´.
Cada uno con su historia a cuestas, viven en la calle. A juzgar por lo que cuentan, en el barrio no les va del todo mal. Acá abundan las ollas populares; la mayoría de los vecinos sabe comprender y ayudar. Además, tienen su propia comunidad: otros en su misma situación comparten las plazas, las historias, el trago, el pan.
Pero la intemperie no es gratis. A las dificultades obvias del día a día se suma el estigma del croto: la solidaridad convive con algunas pizcas de desprecio, algo de indiferencia, otra cuota de maldad. Es así en la vecindad y es así, sobre todo, en las instituciones, en el funcionamiento de un Estado que, en el mejor de los casos, prefiere no ver, no tener que ocuparse de esos nadies, esos dueños de nada que a veces no se expresan bien y otras veces huelen mal.
En La Boca abundan las ollas populares; la mayoría sabe comprender y ayudar. No se deja a nadie tirado, menos en tiempos difíciles.
Le pasó a uno de ellos en diciembre, cuando llevaba varios días de padecer dolencias en todo el cuerpo que le impedían caminar. No mencionaremos su nombre para preservar su intimidad, pero su historia merece ser contada: hay algo de justicia en volver visible lo que suele resultar más cómodo ignorar.
Antes de fin de año el muchacho doliente pidió a su amigo más cercano, compañero de plaza, que lo acompañe al Argerich, y allí fueron. Pero no lo quisieron atender. Esperó hasta la noche y nada. Finalmente recibió atención, pero de un guardia de seguridad que lo sacó del hospital.
Días después su salud empeoró. Un vecino que lo vio en esa situación le propuso llamar a una ambulancia. Pero, al igual que en el Argerich, en el SAME tampoco quieren tener nada que ver con las personas que viven en la calle. El protocolo no escrito que manejan recepcionistas, médicos y enfermeros establece que las ambulancias no deben acudir a llamados que pidan por personas sin un domicilio de referencia, porque después nadie responde por ellos, no tienen dónde ir tras ser atendidos, en ocasiones no hacen caso o no se dejan tratar. En este caso el muchacho sí quería que lo viera un médico, pero pasaba el tiempo y no lo podía lograr.
Entonces, el mismo vecino se puso en contacto con la Red de Cooperación barrial. Contó el caso, lo escucharon, lo pudieron asesorar. Le explicaron que para conseguir que una ambulancia atienda el pedido de alguien que no tiene casa donde vivir, el llamado debe salir de un móvil policial. Solo así el SAME responderá. Buscaron entonces a un agente que cumpliera el trámite, lo que tampoco fue sencillo. Dos policías se negaron a llamar, aun cuando les hicieron saber que era la única forma. Un tercero, finalmente, accedió.
Con la ambulancia presente, la desatención no terminó. El médico a cargo se negó a llevar al muchacho dolorido a una guardia, porque “no se lo ve tan mal”. Después de mucha insistencia se limitó a indicarle unas vitaminas, aunque la receta no llevaba firma ni sello. Alertado por el vecino que había logrado la presencia de la ambulancia, finalmente el médico accedió a hacer la orden como corresponde.
En la Red de Cooperación siguieron el caso y el muchacho pudo ser atendido en el Cesac 9, frente a la plaza Matheu. Le indicaron estudios que solo podría hacerse en el Centro de Especialidades Médicas Ambulatorias de Barracas, allá en Iriarte al 3500: bastante lejos para él, que a duras penas puede caminar. Mientras en la Red buscaban el modo de conseguir las vitaminas que marcaba la receta, alguien más se ofreció a llevarlo y traerlo, para que no perdiera el turno que tanto le había costado conseguir.
El vecino solidario que aún seguía junto al muchacho desatendido le leyó los mensajes que circulaban por la Red sobre su situación, todos de preocupación y solidaridad. Allí están evaluando, incluso, la posibilidad de gestionar el subsidio habitacional que le permitiría, a él y a su amigo, conseguir un lugar mejor que la calle donde recalar.
“Si no te hacés atender, no durás seis meses”, bromeó su amigo, que alterna con él algunas discusiones de ocasión con el acompañamiento leal, más ahora que su compañero está mal.
Hasta hace poco este muchacho no sabía si tendría las energías para sortear todos los obstáculos con que se encontraba cada vez que se quería tratar. Ahora que registra la solidaridad que lo rodea, el apoyo incondicional su compañero de plaza, la preocupación constante del vecino solidario y los recursos escasos pero valiosos que pone a disposición la Red de Cooperación barrial, está de mejor ánimo.
Nadie debería vivir en la calle; en esta ciudad, y con estos gobiernos, se vuelve cada día más complicado resolver la vida sin un techo. Pero en el barrio de La Boca no se deja a nadie tirado, menos en tiempos difíciles: aun los que están en la lona reciben su abrazo de solidaridad.