¿Los únicos privilegiados?
Mientras “la crueldad avanza” impulsada por el gobierno nacional y el de la ciudad, hay un clásico barrial que resiste: las piletas de lona en la vereda, para que los pibes y pibas que no tienen acceso a colonias ni viajes de veraneo se refresquen en verano. De operativos, actas y pelopinchos.

La noticia se viralizó más allá de las redes barriales: antes de navidad, policías y personal del área de Espacio Público del Gobierno de la Ciudad se presentaron en la calle Irala, cerca del Parque Lezama, con dos patrulleros como apoyo, para cumplir una tarea de alto riesgo, algo para lo que seguramente se capacitan y por lo que cobran sus magros salarios: se aprestaron a enfrentar a nenes y familias que hacían ostentación de una Pelopincho a cielo abierto, que incitaba a las infancias a andar con poca ropa a pleno rayo de sol en busca de chapuzones refrescantes. “¡Acá se bañan todas las criaturas de la cuadra!”, se escucha decir, en claro acto de desacato, a una de las mamás en el video viralizado.
El escándalo puso en alerta a todas las demás familias que habían osado ocupar con sus lonas azules alguna parte de la vereda o el espacio pegado al cordón de la calle, pero durante un mes no hubo nuevos operativos. Pero durante la última semana de enero, personal de Espacio Público apareció, nuevamente, junto con algunos policías en el bajo del barrio. Caminaron Pedro de Mendoza desde Necochea a Lamadrid notificando que debían levantar las piletas y hasta les labraron actas de intimación por “ocupación indebida”. Algunos vecinos decidieron desarmarlas, la mayoría no.
Ya es febrero y decenas de piletas de lonas se desparraman por calles y veredas de La Boca, como todos los veranos (como esperamos que puedan seguir por lo menos hasta que haya centros recreativos con piscinas disponibles para todos los niños y niñas del barrio).
Ya sabemos: en conventillos y casas loteadas en las que se amuchan varias familias no hay patios suficientes, no hay terrazas firmes ni parques donde tomar sol o corretear: la vereda, la calle, es el único espacio al aire libre para que los pibes y las pibas jueguen cuando no tienen clases.
El problema no es la ocupación del espacio público. Debería haber centros recreativos y colonias de vacaciones con piscinas en verano abiertas a todas las infancias, sin distinción.
“¡Se apropian con sus cosas del espacio público que es de todos!”, esgrimen los más educados en las redes, mientras otros porteños de bien se expresan sin tanta cordialidad: “negros de mierda, vayan con sus piletas al congourbano”, puede leerse entre las respuestas que provocó aquel video que se viralizó cerca de Navidad. Imaginemos la escena: la señora de clase media de barrio cruzando Rivadavia tuitea indignada mientras estaciona su auto –que debe dos años de patente y varias multas, pero pasemos eso por alto– en la vereda, porque desde el año pasado ya no puede pagar el garaje. SU auto, en LA VEREDA, está bien, pero SUS PILETAS, en las mismas VEREDAS, ¿están mal? Agravante: son decenas los autos en cada cuadra. Decenas de “propiedades privadas” en el espacio público bajo el formato de adminículos de cuatro ruedas, cuyos propietarios cuestionan al puñado –mínimo, en comparación– de “propiedades privadas pero compartidas”, porque en cada Pelopincho juegan pibitos y pibitas de toda la cuadra, no solo de la familia que la pudo comprar.
A ese uso privado del espacio público naturalizado por el quehacer cotidiano de quienes tienen auto, se suma la institucionalización del uso privado del que gozan restaurantes que cumplen con lo que pide la gestión municipal. Está claro: el problema no es el uso del espacio público para un bien particular, sino QUIÉNES pretenden hacer ese uso.
Claro que, lo decíamos al principio, la solución de fondo es otra: debería haber centros recreativos y colonias de vacaciones con piscinas en verano abiertas a todas las infancias sin distinción. Y, aunque parezca utópico en un contexto de desalojos crecientes, también debería haber casas con los suficientes metros cuadrados para que cada familia goce de su parquecito, su patio, su pileta incluso, a la cual poder invitar si quiere a todos los demás.
El gobierno de la Ciudad dispone cupos limitados para llevar a las infancias del barrio al predio de Parque Patricios, donde sí hay piscinas y profes y cuidados. Pero son miles los pibes y pibas que quedan por fuera de esa posibilidad. Este año, además, el cambio de autoridades de la Fundación Boca Juniors provocó que el club acotara las becas para la colonia de verano. Queda la “Fiesta de Agua” que organizan Los Pibes a principios de febrero, una hermosa jornada de toboganes inflables, mangueras y hasta la presencia de los bomberos voluntarios que garantiza el movimiento barrial.
Por ahí hay un camino: la organización vecinal de base y el reclamo a las instituciones para que respondan a lo que el barrio necesita. Mientras tanto, si ocupar el espacio público con piletitas de lona es un “privilegio”, no está para nada mal que los pibes y las pibas vuelvan a ser los únicos privilegiados.