Renace la cúpula de Santa Lucía

Un grupo de restauradoras está trabajando en la recuperación del mural que Augusto Fusilier pintó en la parroquia de Barracas en 1930, hace ya casi un siglo. La obra recrea la procesión que en honor a la patrona del barrio recorre cada 13 de diciembre la avenida Montes de Oca y retrata, de manera excepcional, a la comunidad barrial de la época.

Renace la cúpula de Santa Lucía

La restauración de la cúpula de la parroquia Santa Lucía, en Montes de Oca 550, está permitiendo recuperar una de las obras más singulares del patrimonio artístico del sur porteño: La Procesión de Santa Lucía, el mural que Augusto Fusilier pintó en 1930 para representar la tradicional celebración patronal del 13 de diciembre.

La escena recrea la procesión que recorría la avenida Montes de Oca y funciona, al mismo tiempo, como un retrato de la comunidad barrial de la época. “La fiesta del 13 de diciembre. Todo eso es la avenida Montes de Oca cuando se saca la Virgen. Ahí la tenés. Y caminaba la procesión”, explica el arquitecto Carlos Botaro, responsable de la obra.

En la pintura aparecen las llamadas “fuerzas vivas” del barrio. “Tenés a la gente, tenés a los niños, a las chicas que toman la comunión. Está representado todo y eso es la comunidad de Barracas”. También hay personajes reales. Entre ellos, el cardenal Santiago Luis Copello y personas vinculadas al propio artista. Durante una visita a los andamios, Ignacio Fusilier, sobrino del pintor, reconoció a uno de sus familiares retratados en el mural. Un niño de 8 años con traje de marinero. Era su tío Norberto Fusilier.

La obra refleja además el clima social de los años treinta. Los sombreros, la vestimenta y los gestos de los personajes remiten a la época en que fue realizada, convirtiéndola en una suerte de fotografía colectiva de aquel Barracas.

Un artista ligado al sur

Augusto Juan Fusilier (1891-1975), hijo de un ingeniero belga radicado en Buenos Aires, se formó en la Real Academia de Bellas Artes de Bruselas y luego en la Academia Nacional de Bellas Artes. Aunque inició su carrera como retratista, terminó convirtiéndose en uno de los principales muralistas del arte sacro argentino, con más de un centenar de intervenciones en templos de todo el país.

Su legado tiene una presencia especialmente fuerte en el sur de la Ciudad. Además de Santa Lucía, realizó importantes trabajos en las parroquias San Pedro y San Juan Evangelista, ambas en La Boca. Las tres integran el conjunto de obras protegidas por la Ley 3652 de Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires.

Su vínculo con Santa Lucía fue particularmente estrecho. No sólo realizó la decoración integral del templo en 1930, sino que regresó en 1968 para restaurar sus propias obras. Entre los documentos conservados de aquella intervención figura un presupuesto firmado por el artista el 3 de abril de ese año. Allí reconocía que una de las pinturas del ábside había sido realizada “en vísperas de las fiestas Patronales (un poco a la ligera por falta de tiempo)” y proponía una nueva intervención para darle “mayor esplendor”. La razón que dejó por escrito resulta tan honesta como inusual: quería hacerlo “para conservar mi buena reputación”.

Bajo el gris

La restauración actual comenzó a tomar forma a fines de 2020, cuando la comunidad parroquial decidió encarar la recuperación de un edificio afectado por años de filtraciones y deterioro. Desde entonces se restauraron altares, cubiertas y distintos sectores del templo. La cúpula, por su escala y complejidad, constituye una de las etapas más importantes del proceso.

Según explican las restauradoras Silvina Bono y Patricia Blanco, buena parte del oscurecimiento del mural fue provocado por los gases de antiguas lámparas de tungsteno, que generaron una capa gris sobre toda la superficie. La limpieza permitió recuperar detalles que prácticamente habían desaparecido, como las velitas y una serie de angelitos. Además de recuperar imágenes ocultas, la limpieza permitió volver a apreciar los colores originales del mural. 

La complejidad de la obra obliga a intervenir con extrema precisión. El equipo utiliza bisturíes, instrumental odontológico, espátulas y pinceles muy finos para consolidar la pintura y retirar depósitos de suciedad sin afectar las capas originales. “Nosotros primero somos conservadores antes de restauradores y esa es nuestra misión: conservar los originales en su máxima expresión y hasta donde nosotros podemos llegar. Nuestras técnicas son de conservación y después viene la restauración”.

La tarea tampoco está exenta de esfuerzo físico. Gran parte del trabajo se realiza sobre andamios y en posiciones incómodas durante varias horas. “Esta curva es bastante plana y nos quedamos sin cuello todas. Compramos unos cuellos que son para viaje, pero bien mullidos, porque estábamos sin cuello directamente. La posición es muy complicada”, cuentan entre risas.

El equipo de restauración completo está conformado íntegramente por mujeres: Eliana Carrillo, Clara Benzo, María Laura Natalucci, Julieta Tedesco, April Orona Coppola y Carolina Velazquez, bajo la dirección de Blanco y Bono. 

Un patrimonio sostenido por la comunidad

La restauración fue financiándose por etapas gracias a aportes de vecinos y fieles de la parroquia. Para el Padre José “Pepe” Lozzia, la recuperación de la cúpula ocupa un lugar especial dentro del proyecto. “Es una de las obras más caras, más importantes por la magnitud, por la altura, por el arte que tiene esa pintura que están restaurando ahora”, afirma. Y agrega: “Es un baluarte de Barracas. Hace bien, aun sin tener fe”.

Si los plazos previstos se cumplen, los trabajos concluirán en los próximos meses. Entonces La Procesión de Santa Lucía volverá a mostrar con claridad una escena que lleva casi un siglo observando Barracas desde lo alto: sus vecinos, sus instituciones y una de las tradiciones más importantes de la historia del barrio.