“Tenemos un montón de amigos en redes y no sabemos quién vive al lado”

Corina Busquiazo es actriz, directora teatral, cofundadora del Circuito Cultural Barracas, docente y ahora también autora de una novela en la que, como no podía ser de otra manera, lo comunitario y el barrio son protagonistas. Charlamos sobre Rosaceleste, la vejez y los encuentros.   

“Tenemos un montón de amigos en redes y no sabemos quién vive al lado”

Con Rosaceleste, una antidistopía barraquense, la actriz y cofundadora del Circuito Cultural Barracas, Corina Busquiazo propone romper el aislamiento, reconstruir lazos vecinales y poner el cuerpo. En el Bar El Progreso, donde solía juntarse su amigo Ricardo Talento, conversa con Sur Capitalino sobre su primera novela, publicada por la Editorial Caburé, donde los viejos y el barrio son los protagonistas. 

—¿Cómo surgió el libro?

—Participo desde hace diez años en un taller literario que coordina Maricel Santín, actriz y escritora. De allí surgió Rosaceleste. Es un libro que habla de reconvertirse, de vivir en la vejez, que es una palabra horrible, pero sí, ser viejo de otra manera. La ilustración del libro la hizo Carolina Ghigliazza Sosa, que además pinta murales en el barrio. Me parecía que tenía todo el sentido que fuera ella quien ilustrara la tapa.

—¿Por qué elegiste que la protagonista sea una mujer mayor que vive en Barracas?

—Primero escribí el personaje y a partir de ahí empecé a armar este mundo, a habitarlo. Yo vivo en el barrio. Todo el imaginario salió de ahí. Me inspiré en muchos vecinos y vecinas. Por ejemplo, Roberto, el farmacéutico, que siempre te vendía el medicamento más barato. La gente iba a verlo a él en vez de tomarse el colectivo para ir al Argerich. Falleció el año pasado y le hicieron un pequeño altar con flores y cartitas. Es un barrio que vivió una época de gloria, en el momento donde la Argentina estaba industrializada, y que después se volvió galpones y fábricas abandonadas. Así es mi barrio. Y la gente que vive, claro, es mayor. Por otro lado, yo no tengo la edad del personaje, pero dentro de 10 años sí y me imagino también cómo sería.

Todos vivimos en un lugar donde hay alguien enfrente, al costado, atrás. El lugar donde vivís tiene una historia, tiene un antes. Tiene sueños, tiene locos, tiene cosas lindas y feas.

—Lo que queda, la sensación del libro, es que el barrio es el punto de partida: un espacio político. No es solo un lugar donde se desarrollan historias, sino que tiene una centralidad que funciona como origen e incluso destino. El territorio del barrio es también una apuesta política.

—Sí, territorio es una palabra muy usada, a veces desvalorizada: “no nos olvidemos del territorio”, pero ¿de qué nos tenemos que olvidar? ¿Dónde vivís, arriba de un árbol? Todos vivimos en un lugar donde hay alguien enfrente, al costado, atrás. El lugar donde vivís tiene una historia, tiene un antes. Tiene sueños, tiene locos, tiene cosas lindas y feas. Y a veces desde la política partidaria se piensa como algo que viene después, como algo menor. 

—La pata territorial.

—Exacto: la pata territorial. He discutido esto con referentes: la macro-política es importante, pero si no te acercás a las asociaciones de vecinos, donde la gente mínimamente dona un cachito su tiempo y su energía… Dale bola a eso, dale bola a la gente que se asocia para un montón de cosas: para ayudar a un centro de salud, a los espacios culturales, donde la gente realmente va tratando de armar comunidad, armar vecindad. 

—¿Cómo influyó el Circuito Cultural Barracas en tu escritura?

—Nosotros proponemos un ejercicio de memoria, de identidad y de creatividad. Eso me ayudó muchísimo, no es que yo me senté sola a escribir y se me ocurrió un día. Está en el imaginario que yo vengo trabajando hace 30 años con los vecinos y las vecinas de Barracas. Y con mis compañeros, Mariano Brodiano y Néstor López, con quienes coordinamos el Circuito Cultural Barracas, siempre estamos preocupados por el imaginario en el barrio, qué queremos hacia el futuro, cómo era antes. Pensarnos como comunidad, es eso lo que falta, me parece. Además, por el Circuito estoy conectada con instituciones y colectivos —el Archivo Histórico Enrique Pucci, la Junta de Estudios Históricos de Barracas, Mujeres 2001, el Normal 5—, así que vivo el latido del barrio. Desde el Circuito siempre proponemos la idea del vecino. Tenemos un montón de amigos en Facebook o en Instagram y no sabemos quién vive al lado.

—Respecto a las redes, si bien las protagonistas son mujeres mayores, también hay jóvenes y aparece ahí como una solidaridad. No es una confrontación entre generaciones, pero sí esta idea de salir de lo virtual y volver a la presencialidad. 

—Sí, por supuesto. Las redes fragmentan un montón, te mandan cosas para tu edad. Recupero un poco lo de los clubes de antes, donde se juntaba todo el mundo: la gente grande, los chicos, los viejos. Y bueno, falta eso… El año pasado hicimos una fiesta en la puerta del Circuito para el 9 de julio, porque le pusimos a la plazoleta Plazoleta Ricardo Talento, y a fin de año nos empezamos a enterar de espacios comunitarios a los que no les daban el permiso para hacer fiestas en la calle. O sea, si nosotros hubiésemos querido hacer una fiesta en la calle, el Gobierno de la Ciudad no te otorga ese permiso. Es terrible... ¿Dónde nos vamos a encontrar? Si por la vereda no nos saludamos,  si no hay una fiesta en el barrio donde todos nos juntemos. Entonces, ¿en qué celebración, en qué momento nos vamos a encontrar con el que piensa distinto? Porque ahí es donde aparece lo nutritivo. 

—La novela está dedicada a la memoria de Ricardo Talento y Bicho Hayes, ¿querés decir algo sobre eso?

—Sí. El año pasado perdí dos amigos, uno es Ricardo Talento, que fue el director y cofundador del Circuito Cultural Barracas, y la otra es mi amiga Bicho Hayes. Dos personas grandes, pero que no perdieron sus ideas. A ellos dos va dedicado el libro, y a todas las personas que tratan de imaginar un mundo más justo, más libre, más solidario. 

 

Durante el mes de febrero están abiertas las inscripciones para formar parte del Circuito Cultural Barracas. Las clases comienzan en marzo. Este año, el Circuito cumplirá 30 años en el barrio.