Cultura que resiste

La presión inmobiliaria y la caída del consumo impactan especialmente en el sur porteño. Un cambio de firmas de último momento salvó del cierre a Los Laureles, bar notable de Barracas. Pero no corrió la misma suerte Malevaje, el centro cultural de La Boca que ahora busca nuevo refugio.

Cultura que resiste

La Boca y Barracas son mucho más que escenografías vintage para la foto del turista: son barrios donde el tango y otras expresiones artísticas se viven como parte de una identidad cotidiana, comunitaria y popular, por lo general bastante alejada de circuitos y lógicas comerciales. Por eso, cualquier sacudón que afecta a sus espacios culturales, impacta de lleno en la vida de vecinas y vecinos. En las últimas semanas, por ejemplo, el cierre definitivo del centro cultural Malevaje Arte Club y el “casi cierre” del Bar Notable Los Laureles volvió a encender las alertas sobre la asfixia económica y la fragilidad legal que atraviesa la cultura independiente.

Ubicado en Avenida Iriarte y Goncalves Díaz, Los Laureles es un archivo vivo de la historia argentina desde 1893. Por sus mesas pasaron leyendas como Gardel y Alberto Castillo, Ángel Villoldo y el Polaco Goyeneche, una tradición de bohemia que en los últimos años continuaron referentes como Lidia Borda y Ariel Ardit. Sin embargo, pese a su biografía y el aguante vecinal, en julio el propietario del edificio se negó a renovar a largo plazo el contrato de alquiler a quienes administraban el bar, lo cual forzó un cambio urgente de manos frente al riesgo del cierre definitivo.

Sean eternos

“Llegamos a un acuerdo y a partir de agosto habrá nueva concesión, ya hay un nuevo administrador del bar”, confirma Sergio Mosquera, quien junto a su socio Claudio estuvo al frente del espacio los últimos cuatro años. “El dueño del edificio hace rato que quiere vender su propiedad y el local donde funciona Los Laureles, y pretendía hacer con nosotros una locación precaria, con una cláusula que indicaba que si se vende, se acaba el bar. Eso nos complicaba, porque no nos permitía tener ninguna proyección, por lo que comprendimos que no podíamos seguir”. 

Mosquera remarca la diferencia entre el valor cultural y las leyes de mercado: “Los Laureles es Bar Notable, pero esa categoría te da prestigio, no protección. Por otra parte, el edificio fue declarado Patrimonio Histórico, lo que impide que sea derrumbado, pero no evita que su propietario lo destine a otras actividades. Es una propiedad privada y puede hacer lo que quiera”. Aunque el espacio no enfrentaba un quebranto financiero, la caída del turismo (que representaba un 15% del público, según Mosquera) se hizo sentir. La salida negociada permitió garantizar los puestos de trabajo de los seis empleados bajo una nueva concesión. “Personalmente estoy destruido porque no lo pensábamos como un emprendimiento comercial, sino como un lugar de encuentro para el barrio -concluye-. Pero la buena noticia es que el bar sigue”.

Abrazame hasta que vuelva

En el barrio vecino de La Boca, en Garibaldi y Quinquela Martín, el espacio cultural Malevaje Arte Club no corrió la misma suerte y tuvo que cerrar. Allí, hasta fines de julio, se dictaban talleres de artes plásticas, folclore, hip hop y se organizaba una milonga que apostaba a recuperar el encuentro popular, la dimensión comunitaria del abrazo y una sensibilidad ligada a la solidaridad de clase y la sororidad.

“Los Laureles es Bar Notable, pero esa categoría te da prestigio, no protección. El edificio es Patrimonio Histórico, lo que impide que sea derrumbado, pero no evita que se destine a otras actividades”.

El desenlace de Malevaje combina la asfixia económica con complicaciones inmobiliarias. “Sostener en este momento tan complejo estaba difícil. El espacio apuntaba a tener diversidad cultural, tango, folklore, pintura. Habíamos sacado un crédito para pagar el alquiler de un mes que se debía”, comenta Federico Klug, uno de sus fundadores. “También estábamos intentando gestionar la habilitación del lugar, ya que era un espacio con complicaciones para generar el trámite, dado que muchas direcciones no están catastradas, como la de Garibaldi 1670”.

Aunque contaban con promesas de la Comuna 4, como el arreglo de la vereda y la poda de árboles, Klug remarca las inmensas limitaciones estructurales: “La comuna no cuenta con presupuesto propio, entonces es más complejo. Son todas trabas en la gestión cultural. Para el barrio, Malevaje era un lugar de representación de la cultura fuera del circuito turístico, junto con otros como El Barquero y El Nápoles”.

El factor desencadenante fue el conflicto con el dueño del edificio. “No quiso renovarnos el contrato. Nos avisó apenas diez días antes que teníamos que dejar el lugar”, reclama. Hoy, la urgencia pasa por el retiro de sus bienes: “Empezamos a desarmar todo y todavía no nos dejan sacar las cosas que tenemos ahí: equipos de sonido, vajilla, heladeras y todo el stock de bebidas que nos quedó”. Pese al duro momento, la intención de sostener la propuesta sigue firme: “La idea es continuar con el proyecto en otro espacio, dándonos un tiempo para acomodar toda esta situación”.

La salida de Malevaje y la amenaza de cierre de Los Laureles dialogan directamente con la agenda legislativa. La reciente media sanción en el Senado del proyecto de ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada y el debate sobre los desalojos exprés dejan al descubierto lo vulnerables que son las iniciativas culturales frente al mercado inmobiliario. En el sur porteño, donde abundan las casonas y edificios viejísimos con inconsistencias catastrales o sucesiones abiertas, los espacios comunitarios suelen funcionar bajo contratos informales. Y ante cualquier conflicto con los propietarios, la temida aceleración de los plazos judiciales de restitución reduce a cero el margen de negociación que pueda tener un gestor cultural. Sin marcos legales que contemplen su función social y protejan los esfuerzos comunitarios, Barracas y La Boca seguirán viendo amenazados, cuadra a cuadra, sus refugios más auténticos.