A la deriva

Durante doce años, Víctor Fernández fue director de uno de los museos más importantes de arte argentino, el Quinquela Martín. Hoy deja la gestión emocionado por el apoyo del barrio pero con críticas por la falta de apoyo del Ministerio de Educación porteño: presupuestos limitados, recortes de personal y un enorme desconocimiento del vínculo con la comunidad. Al momento de la publicación de esta nota, el jefe de Gobierno anunció que desde el 1° de abril el museo pasará a la órbita del Ministerio de Cultura, lo que genera incertidumbre sobre la conservación de la estructura.

A la deriva

Víctor Fernández acaba de dejar la dirección del Museo Benito Quinquela Martín. En su taller, a metros de Caminito, recibe a Sur Capitalino y reflexiona sobre los doce años en los que estuvo al frente de uno de los legados que el artista dejó al barrio de La Boca. Repasa una gestión marcada por la apertura del museo a la comunidad y por la recuperación del legado social y cultural de Quinquela. Analiza, también, las tensiones que atravesó la institución en los últimos años: presupuestos limitados, recortes de personal, problemas de infraestructura y una ubicación marginal dentro del organigrama del Gobierno de la Ciudad. Frente a ese escenario, Fernández defiende el vínculo histórico entre el museo y el barrio y advierte sobre la importancia de sostener ese modelo para el futuro de una de las instituciones más emblemáticas del arte argentino.

-Hubo muchas expresiones de solidaridad respecto a tu partida, y preocupación por lo que viene. ¿Cómo viviste este proceso?

-Sí, arrancaría por el final, que es lo conmovedor. No termino de procesar todo ese abrazo, ese cariño hacia lo que hicimos en estos años en el museo. Es un fenómeno social de apropiación comunitaria, de un patrimonio, de una historia, de ese legado de Quinquela, que se manifiesta de ese modo. Que tanta gente se movilice preocupada o interesada por su patrimonio cultural, me parece que es una excelente noticia. En mi caso tiene todavía más significación porque es una gestión relativamente larga.

-Desde el 2014.

-Claro. Me hice cargo del museo el 1 de marzo de 2014 y la jubilación me llegó el 1 de marzo de este año, coincidiendo con el aniversario del nacimiento de Quinquela, una cosa de locos. Tiene una significación especial porque con tanto tiempo de gestión ya empezás a notar algún tipo de desgaste. Que se mantenga tan firme ese abrazo comunitario, realmente lo tomo como algo muy especial.

-Siempre estuvo ese vínculo muy vivo: el museo se veía en movimiento. 

-Por un lado el arte siempre fue eso, es más, nunca debió dejar de ser eso. ¿En qué momento el arte se convirtió en algo más replegado en sí mismo? Pero especialmente en La Boca y en lo que se relaciona con Quinquela, esa función social del arte fue algo natural, continuo, y que te marca el ADN, no solo del museo, sino de buena parte de la cultura barrial. Gestionar ese museo implica sí o sí gestionar ese ADN comunitario. Esa preocupación para que el arte conviva y vaya al encuentro del vecino, definió el eje sobre el cual Quinquela realizó todo lo que realizó. 

En todo 2025, Educación de la Ciudad destinó al museo 590 mil pesos. El Quinquela es el único abierto al público que depende de ese ministerio. Lo visitan 100 mil personas al año.  

-Lo que valora la comunidad es que volviste el museo a la calle, y hoy teme que eso se vuelva a perder. ¿Qué actividades recordás?

-Sí, siento que es de lo que más se ha valorado. Y me resulta raro porque para mí era lo que había que hacer. Es lo natural. Teníamos un calendario de celebraciones tradicionales del barrio. Por ejemplo, el aniversario del nacimiento de Quinquela lo transformamos en un acontecimiento comunitario. Las Fogatas de San Juan, que habitaban en la memoria de los más viejos del barrio. Ahí pasó una cosa muy linda: una vez en la Isla Maciel, un chico de uno de los talleres nos decía que toda la vida hubo Fogatas. Habíamos hecho cinco o seis ediciones seguidas y era la totalidad de su vida escolar. Para nosotros era la recuperación de algo que se había perdido, pero para él ya era una parte de su vida. Ahí dijimos ‘listo, objetivo cumplido’. También trabajamos mucho en la recuperación de los colores en Caminito. Hemos hecho barrileteadas comunitarias o jornadas de pintura de adoquinado frente al museo, que respondía a otro de los deseos de Quinquela: afaltar de color las calles de La Boca. Y proyectos como El Tercer Paraíso y La Flor de la Vida, que eran construcciones flotantes. Fue muy importante que los chicos vieran que su trabajo podía generar vida en un entorno degradado. 

-¿La gestión del Gobierno de la Ciudad acompañaba?

-El apoyo siempre fue simbólico. El museo se manejó con presupuestos tendientes a cero, en algunos años literalmente cero. El año pasado el Ministerio de Educación -de quien depende el museo- nos destinó 590 mil pesos para todo el año. O sea, el Ministerio cubre contrataciones e infraestructura, pero todo lo demás fue con recursos propios administrados por la Cooperadora, que también recuperamos porque estaba intervenida en proceso de disolución. Para el Gobierno de la Ciudad siempre fuimos como un organismo bastante periférico, perteneciendo a un ministerio que resulta un poco raro, ¿no? Siempre estuvimos bastante lejos de lo que son los espacios centrales de discusión. Eso se terminó de hacer más complejo aún desde hace un par de años, cuando el museo pasó a depender de la Dirección General de Escuela Abierta a la Comunidad, que a su vez depende de la Subsecretaría de Gestión del Aprendizaje. Descendió un raviol en el organigrama. Si bien hay otros museos en el mismo organigrama, la diferencia es que nosotros somos el único que abre al público, y recibimos por año cerca de 100.000 visitantes. O sea, es otro universo, otros problemas.

-Es llamativa su ubicación institucional, considerando que el museo se ocupa del mantenimiento y restauración de las obras de Caminito, con el polo de atracción de turistas que eso significa.  

-Es uno de los museos más importantes de arte argentino, pero marginal en los ámbitos de gestión. Al estar tan oculto en ese organigrama, es como que nunca llegás a un diálogo o a un contacto directo, así sea para presentar proyectos. De hecho, a la subsecretaria no la conozco. Nunca vino. Ni hablemos de la ministra. La directora general de Escuela Abierta debe haber venido dos veces. La segunda fue cuando ya estaba en marcha todo este movimiento comunitario y vino a pedirnos que todo se tranquilice… Estaba todo tranquilo. Y eso te habla también de la distancia y de cómo el funcionario percibe algo justamente por no estar cerca del lugar, o sea, conociendo el terreno.

-¿Y en qué momento empezó a empeorar esta situación? 

-Empezó como una serie de encapsulamientos, de recortes. Por ejemplo, en los últimos casi tres años se fueron trece personas y solamente tuvimos tres reemplazos. Eso resiente mucho el funcionamiento porque nunca nos sobró gente. Por otro lado, los problemas de infraestructura, algunos de larga data que no terminaban nunca de resolverse, y problemas de seguridad. Son temas serios. Una filtración en un edificio viejo puede pasar. Ahora, lo que no es normal es que tengas la misma filtración recurrente durante once años. También intervenciones sobre los recursos del museo. Lo que empezó a suceder es que desde el Área de Gestión Cultural empezaron a destinar a nuestras restauradoras para restaurar obras de algunas escuelas y por eso el año pasado estuvimos mucho menos en Caminito. Y vi que se hacía cada vez más intenso: ya tenías avances sobre el recurso humano del museo, sobre la agenda, sobre el personal, naturalización de problemas de larga data. Mientras vos tenés esperanza de que algo se va a resolver, seguís remándola. Pero cuando ves que se instala… 

-¿Pudiste hablar con alguna autoridad sobre esto? 

-Sí, gradualmente, en cada una de esas situaciones. Yo creo que vino de Gestión Cultural, quienes están inmediatamente encima nuestro, y que no hubo un propósito político, más bien la ambición de utilizar un recurso muy potente en beneficio. Como tratar de exprimir al máximo ese recurso, pero no para potenciarlo, sino como para hacer crecer el área propia. Y que funcionó de esa manera por desconocimiento de las autoridades que estaban más arriba.

-¿Pudiste hablar ‘más arriba’ y decirles que no estabas de acuerdo con lo que estaba pasando?. 

-Vos tenés como un comportamiento de gestión. Por ejemplo, un par de mails que yo mandaba con copia, directamente no me lo respondían: ahí ya tenés una respuesta. O la respuesta era, de nuevo, del área de Gestión Cultural. Tienen como una impronta, un modo de gestionar, que es verticalista, piramidal, que está bien porque ordena. El problema en este caso es que ordena en un sentido que desconoce el territorio. De hecho, se sorprendieron muchísimo cuando empezó toda esta movida comunitaria.

-¿Qué pasó cuando empezó el ruido?

-Ahí se acercaron... Pero se acercaron en esos términos políticos, de los cuales no pudieron correrse nunca. Cuando yo informé que había iniciado mi trámite de jubilación, no me respondieron el mail durante dos meses. Vinieron en diciembre recién a pedir el informe de gestión, el inventario. No es muy normal, me parece, que no haya un intercambio acerca de “che, en qué anda el museo”, como el pulso del museo para pensar en quién...

-Claro, buscar un perfil.

-En una de estas reuniones nos aseguraron que no iba a ser nadie del equipo. ¿En qué momento la valoración de lo que hicimos empezó a ser negativa?, porque tengo que entenderlo así. Y como ya se rumoreaba que estaba creciendo una ola de apoyo, ahí vinieron a pedir que tranquilizáramos a la gente. SIC. No se está entendiendo lo que está pasando. La directora de Escuela Abierta nos dijo en esa reunión que se ofrecía ella para tranquilizar a la gente. Que si no nos reuníamos antes con la comunidad, ella venía ese sábado a encontrarse con la comunidad: no hubo reunión, no vino ese sábado, pero las instituciones la esperaban. Y ahí fue donde, después de la presentación del Archivo Digital del museo, se manifestó un apoyo increíble. Eso fue tomado en contra. Fue leído como una especie de presión casi patotera que no debió suceder, de hecho fue recriminado. Una cosa rara. De vuelta, no deja de llamarme la atención el divorcio entre una expresión comunitaria y la lectura política. Es muy loco porque, al fin y al cabo, lo que la gente estaba aplaudiendo era una gestión de ellos. Y después de doce años. 

-¿Creés que el museo puede seguir bajo el área de Educación o tendría que pasar a Cultura? (NdE: la entrevista fue realizada días antes de la noticia sobre su traspaso al Ministerio de Cultura)

-Creo que como estructura de gestión no se sostiene, es incompatible con Educación. Es demasiado grande, compleja y ajena en lo que es normativas. Por otro lado, debería concentrarse una mirada un poco más atenta a los problemas de infraestructura y de seguridad. El museo atesora una colección que como valor es más que lo que puede tener un banco. Y lo otro, es no apartarse del camino de vinculación estrecha con la comunidad, porque ese es el eje, la razón de ser del museo. Después, técnicamente, mientras dejen trabajar a los equipos que hay, que son muy conscientes y muy profesionales, va a estar todo bien. 

-¿Qué tenés ganas de hacer en el futuro?

-Seguiré trabajando por las mismas cosas. Cambia el escenario, lo que no puede cambiar son algunas ideas. Hay una forma de concebir el arte que viene ampliándose cada vez más dentro del nicho: los lugares como museos, centros culturales, empiezan a convertirse en esta especie de no-lugar, como los aeropuertos o los shoppings. Vos vas a cualquier lugar del mundo y cada vez más escasea el color local, la diversidad. En todos lados (galerías, fundaciones, centros culturales, museos) circula más o menos la misma estética, la misma idea. Vas a una Bienal en Indonesia y si no salís a la calle, bien podrías estar en Berlín o en Nueva York o en Buenos Aires: ese es el riesgo, ir perdiendo cada vez más esos colores locales. Está buenísimo lo que se hace en ese Circuito de Bienales y está buenísimo que haya espacios como el Museo Quinquela.