Cruel en el cartel

Se va el 2025 y diciembre es el mes de los balances. Así es que esta edición de Sur Capitalino decidió repasar las transformaciones que este año se aceleraron en La Boca. Identidad, historia, trabajo, espacio público y vivienda. Cambios que tienen consecuencias, ganadores y perdedores, y que abren preguntas sobre el futuro. ¿Qué barrio queremos habitar? ¿Qué hacer cuando viviendas de un siglo se ponen en venta y el negocio disputa la necesidad?

Cruel en el cartel

Hace algunas semanas el gobierno porteño instaló ocho letras gigantes cerca de Vuelta de Rocha. CAMINITO dice, por si algún desprevenido no se dio cuenta dónde está. CAMINITO, con las mismas letras estándar que anuncian BARILOCHE, TILCARA, CÓRDOBA o cualquier destino turístico dentro o fuera del país. En este caso, son letras pintadas de una mezcla de azul, amarillo y trazos de Benito Quinquela Martín, un artista que si algo hizo por La Boca fue visibilizar su identidad, única, propia. Esa identidad que hoy buscan diluir a puro marketing, entre locales de comida, decks de madera, souvenirs y tango for export. Pero ese CAMINITO no es un simple cartel. Es el moño de un proceso que lleva tiempo, y que en el último año se intensificó. Todo igual, da lo mismo La Boca o Palermo. Sólo quedan los conventillos de colores. Algunos. Y por ahora.   

Cruel en el cartel … En  la panadería de la esquina de Martín Rodríguez y Aristóbulo del Valle el aviso de “SE VENDE” manda cruel en el cartel. Cada mañana la inmobiliaria nos recuerda que todo el edificio, local y vivienda, se ofrece al mercado. Es probable que, tras la venta, esa construcción centenaria sea demolida y construyan en su lugar un edificio moderno con un puñado de “unidades funcionales”, que a la vez se vendan otra vez para multiplicar el negocio. O tal vez no: quizás pase el tiempo y el cartel siga allí, anunciando la oferta, esperando sin éxito al inversor, dando a entender que ya no se harán arreglos ni mantenimientos porque para qué, si no hay un mango y seguro que cuando compren van a demoler. Se suma, así, una gota más de deterioro a la brumosa laguna de nostalgias por lo que alguna vez el barrio supo ser.

El gobierno anunció un plan de remodelación de las calles que desembocan en Caminito. Se llama “Caminabilidad La Boca”. Al parecer en el resto del barrio no se camina, se flota.

Pasa en la casona que alberga la panadería y en decenas de otras edificaciones sin ir mucho más lejos. En frente, a los lados, a la vuelta: los carteles ofrecen a la venta edificios antiguos, casas “lote completo”, “8,66 x 30 metros”. “Ideal para desarrollo inmobiliario”. “Oportunidad”. Los carteles de ReMax se multiplican. La cadena inmobiliaria ofrece terrenos para construir, como el de la esquina histórica de Almirante Brown y Olavarría, un hueco en venta a 450 mil dólares, que tiene 286 metros cuadrados, pero donde se pueden construir unos 3.400 en altura. Unos metros más allá, lindero al Bar Roma, otro inmueble aún en pie está en venta a un millón de dólares, también por ReMax, también para demoler, también para levantar pisos de departamentos. En diagonal, otro ya se construyó, bien alto, con un balcón de cada color como si la paleta de Caminito pudiera imponerse así, sin más, con el único fin de seducir al inversor. El edificio también luce carteles de venta, esta vez de Mks y Tringali, dos de las inmobiliarias con mayor concentración del negocio en La Boca.

También pasa –sobre todo– cerca de Caminito. Mientras semana a semana cobra fuerza la defensa del Playón donde pibes y pibas del barrio hacen murga y juegan a la pelota (ver nota en pág. 4), a pocos metros de allí el histórico local de Los Descamisados de La Boca, aún con la P sobre los dedos en V y la expresión fileteada “El hambre duele”, espera -ya deshabitado y rodeado de locales que venden dulce de leche y souvenirs- concretar la transacción que ponga en manos de sus nuevos dueños la posibilidad de rediseñar el espacio en función de los turistas, al servicio del capital.

Y pasa, además, en las inmediaciones de la Bombonera. El proyecto de ampliación del estadio que requería que el club comprase las viviendas de las dos media-manzanas definidas entre Aristóbulo del Valle, Brandsen, Iberlucea y Zolezzi por ahora no se concreta, aunque muchas de esas casas están en venta. Hay quienes dicen que la dirigencia en realidad resolvió mirar, literalmente, para otro lado: para el de las vías, hacia donde analizan ampliar la cancha. Por ahora lograron que la bombonera pueda remodelarse: el 28 de noviembre pasado la Legislatura votó excluirla del Catálogo Definitivo de inmuebles protegidos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ese mismo catálogo que afectaba al estadio pero que es letra muerta a la hora de cuidar las casas antiguas del sur de la Ciudad.

Justo a un salto de rieles de la entrada oficial del club, se construyó Undici República de La Boca, propiedad de Howard Johnson. Quién te viera y quién te ve. Una cadena hotelera internacional entre conventillos y casas con tantos años encima como grietas en sus paredes. Undici ofrece habitaciones, oficinas para empresas y viviendas top en “una ubicación histórica, turística y estratégica”. Un injerto arquitectónico pintado de negro mate, con terraza, pileta, sauna y solárium que, según describen, “destaca en el paisaje urbano en una zona de conventillos históricos y casas clásicas bajas”. A 142 mil pesos la noche para dos, lo mismo que un hotel similar en Puerto Madero.

Ahí nomás del flamante hotel que ofrece suites de lujo y de su restorán (que se llama “Genovés”, no vaya a ser cosa que pierdan la oportunidad de apropiarse no solo del suelo, sino también de las raíces), por Brandsen hacia Irala lucen sus carteles de “Se vende” dos de las casonas históricas de esa cuadra. ¿Cuánto faltará para que las compre algún otro inversor, las tire abajo y las convierta en saunas?

Estos genios de la gentrificación avanzan con ofertas, en general a la baja, a propietarios, familias con historias centenarias. Y de la mano llegan, claro, desalojos a inquilinos o a quienes viven en piezas de conventillos, muchas veces sin dueño o, al menos, sin nadie que se haga cargo de la diaria. Ninguna de las partes -ni dueños ni inquilinos- hace negocio, en realidad. El beneficio recae todito en la misma elite inversora: la “casta” inmobiliaria, esa que se lleva tan bien con el gobierno de la Ciudad, siempre dispuesto a buscar un negocio donde hay una necesidad.

A esa tendencia hay que sumarle una feria artesanal con sus puestos relocalizados en Vuelta de Rocha, alrededor de una garita de la empresa Sturla que ofrece “unir La Boca con Puerto Madero”, como punta de lanza de la gentrificación náutica, porque si vamos a sacar provecho de la necesidad que sea por todas las vías posibles, incluso las navegables.

Espacio (para algún) público

No hay que olvidar algo: el mercado siempre necesita del Estado. Porque el negocio se vuelve aún más redondo, si el entorno acompaña con sus bondades. Quienes concentran el comercio en la zona de Caminito -se cuentan con los dedos de una mano- tuvieron rápidamente las veredas “limpias” de vendedores ambulantes y artesanos, para desplegar allí mismo sus modernos decks con mesas que amplían sus ventas. El trabajo de “limpieza” estuvo a cargo de Espacio Público porteño, el brazo ejecutor de las políticas de Jorge Macri en gran parte del barrio. 

También a los alrededores de Caminito llegaron las bondades de la obra pública. Como si el resto de La Boca no tuviera las veredas hechas pedazos y luces que no funcionan, el gobierno anunció un plan de remodelación que se extiende, casualmente, por la calle Brandsen (pero sólo desde la vía hasta Patricios), por Aráoz de Lamadrid (la cuadra y media que va de Irala a Caminito) y por Irala (de Brandsen al Parque Lezama). El proyecto se llama “Caminabilidad La Boca” -parece que en el resto del barrio no se camina, se flota- está diseñado “para ofrecer calles y veredas más accesibles y seguras” y busca mejorar la “experiencia tanto de quienes residen en la zona como de quienes la visitan”. Incluye ampliación de veredas, incorporación de rampas en lugar de escaleras y la “modernización” de la iluminación.  

El Estado, que recorta a muchos y se expande para unos pocos, también puso el ojo en otra posible vía de acceso a la zona turística: la calle Necochea. Allí donde brillaron las cantinas y con su cierre, se abrió paso el abandono. Allí donde cientos de familias viven en lugares inhabitables y donde este año murieron al menos tres personas por la violencia que gestionan bandas y también policías. En la misma calle donde en noviembre pasado, se desplegó un enorme operativo con 70 allanamientos en busca de droga. Allí, según anunció el gobierno con unas imágenes algo futuristas, comenzará en enero un plan de “revalorización”.      

La obra abarca cuatro cuadras. La primera etapa tiene una inversión de 700 millones de pesos y arranca en enero, de Suárez a Pedro de Mendoza, tramo en el que -dicen- Necochea pasará a tener prioridad para el peatón, con acceso restringido a los vehículos. Para esto se hará la nivelación de veredas y calzadas, hoy en altura. 

En Pedro de Mendoza y Necochea nació este año otro proyecto. Pero de la mano de vecinos y vecinas que empujan mejoras pero que los incluyan. Viven en la avenida costera, también codiciada para el corredor turístico Puerto Madero a Caminito. El proyecto comunitario se llama “Paseo de la Cultura Boquense” y surgió ante la necesidad de un abordaje integral que garantice un hábitat digno, pero que también genere trabajo para las familias, respete la identidad, el patrimonio y el derecho a la vivienda.

El futuro

Las casas históricas del barrio se venden así nomás, como muebles viejos, asumiendo que en la antigüedad hay un disvalor o, peor aún, con inquilinos de años que se verán desalojados por la venta de choripanes, remeras o mates. Cuando se trata de la posibilidad de hacer negocios, en la ciudad de Buenos Aires no hay Ley de Conservación del Patrimonio Edilicio que valga.

La arquitectura centenaria de La Boca, ecléctica por definición, es fruto del talento de albañiles, carpinteros, marmoleros y pintores inmigrantes, en muchos casos verdaderos artistas del detalle en construcciones que, bien vistas, aún sorprenden. Trabajadores que levantaron –literalmente– a este barrio desde los cimientos. Quién puede dudar que allí hay ecos del alma orillera, popular y rebelde que marca la esencia boquense.

Pero el mercado inmobiliario se frota las manos cuando cada nueva crisis empuja a muchas familias a poner en venta primero, y negociar a la baja después. Hay una cuenta en Instagram que se llama “Ilustro para no olvidar”, donde una arquitecta pone en imágenes las casas típicas de la ciudad en venta y en riesgo de demolición. Es una forma de denuncia, un llamado de alerta. A La Boca no le falta quienes retraten sus paisajes urbanos, ni quienes alcen la voz ante cada atropello. No es poco: si hay memoria, si hay resistencia, habrá futuro. Defendamos el barrio, sabemos hacerlo. Que no demuelan nuestra identidad.