La batalla del color
Los estallidos de pintura se multiplican en busca del turista. Instantáneos, superficiales, para la foto. Pero donde el barrio sigue siendo barrio, la identidad colectiva resiste. Con sus colores, su inmigración y trabajo, su cultura popular. Sobre aquella historia y cómo pensar este presente, trató la charla que dio el artista Víctor Fernández en el Museo Histórico de La Boca.

Caminar por La Boca hoy te expone a contradicciones gigantes. En algunas esquinas, un estallido de pintura chillona te salta a los ojos desde las fachadas de comercios que buscan captar rápido al turista. En otras, el avance inmobiliario trata de imponer la frialdad gris o neutra de las ciudades de ahora. Pero en los frentes y calles donde el barrio sigue siendo barrio, el color resiste. No como un filtro para Instagram, sino como esencia de una identidad colectiva que viene de lejos y no acepta ser apropiada.
De esto se habló el viernes a la tarde en el Museo Histórico de La Boca, en el marco del ciclo “Settimana Ligure”, en una charla que ofreció Víctor Fernández, exdirector del Museo Quinquela Martín. Bajo el título "Hágase el color, y La Boca se hizo" y ante sala llena, el pintor y gestor cultural dio una clase fascinante sobre el origen y la historia de los colores del barrio, y hacia el final abrió el juego para pensar el presente y el uso que hace el mercado del patrimonio cultural. ¿Está librando La Boca una batalla por sus colores?
“Hay una banalización y un vaciamiento de sentido. Algo que nació como expresión contestataria se usa como refuerzo para el interés comercial”.
Víctor se sorprende: "Hoy se da algo paradójico. Hay una banalización y un vaciamiento de sentido, que pretende convertir el uso del color en un atributo superficial y turístico. Algo que nació como expresión contestataria se usa como refuerzo para el interés comercial. Quienes quieren obtener un rédito inmediato del barrio, apelan a esa idea del color usándola de cualquier manera, ignorando el sentido profundo que tiene. Nos llenan insensatamente de colores y se apropian de una herramienta que les es ajena. Por eso insisto en empoderarnos a través del conocimiento, estemos alertas, despiertos".
El color en La Boca nació al calor de la rebeldía, y también de la necesidad y la creatividad, porque los inmigrantes aprovechaban los sobrantes de pintura que dejaban los barcos para pintar sus conventillos. Pero para las escuelas artísticas, muy serias, elitistas y neutras, estas casas colectivas eran canto absoluto al mal gusto. “En la historia, el color quedó asociado con lo irracional y temperamental, y con el gusto de lo popular. Y en términos políticos, con lo no académico y lo no oficial. Por eso, muchas veces los académicos más conservadores hablan despectivamente del color como ‘colorinche’ o estridencia. Con una valoración negativa".
Ese desprecio de los de afuera marcó la historia del barrio que se gestaba en sus contrastes. La Boca siempre fue un imán de inmigrantes y fue mucho más allá de la fuerte presencia genovesa: en pocos años, entre 1870 y 1900, la población se multiplicó varias veces. Enormes oleadas de familias españolas, griegas, yugoslavas, ucranianas y de origen chino y japonés, sumadas a una fuerte migración criolla y latinoamericana, convivieron en unos pocos metros cuadrados. El conventillo era un territorio de tensiones donde se mezclaban los acentos y las fritangas, pero también donde reflotaban viejos conflictos regionales y donde coexistían masones, gente con religiosidades profundas y quienes rechazaban el poder de la Iglesia. "Amasamos nuestra identidad sobre el ejercicio de la diversidad y sobre la resolución del conflicto. A veces, ni siquiera sobre la resolución, sino directamente sobre el conflicto", aclara Fernández.
Como el arte oficial dejaba a los artistas de la orilla afuera, sin escuelas ni museos para mostrar lo suyo, esa misma resistencia llevó a la organización. En 1914, bajo el impulso de un joven Benito Quinquela Martín, junto a Santiago Stagnaro y José Riganelli, armaron el primer "Salón de los rechazados", apenas tres años después del Salón Nacional de 1911 (donde los chetos de la época habían expuesto su arte). Fue la primera vez que el arrabal plantó bandera contra el orden social, logrando que sus creaciones dejaran de ser excluidas.
A partir de los 30, Quinquela se dio cuenta de que el color podía ser una herramienta para que las vecinas y vecinos vivieran mejor. No era para decorar, era para alegrarles la vida. Él mismo los asesoraba y les conseguía pintura, y así nació Caminito a fines de los 50. Fue un visionario encontrándole el potencial terapéutico al color. Usaba verde agua, celestes y rosados para los hospitales y escuelas que donaba, pero prohibió tres colores: el negro, el blanco y el violeta.
Hoy las avanzadas para borrar la identidad barrial están activas, alerta Fernández. Y recuerda el antecedente bochornoso de 2012, cuando el Gobierno de la Ciudad mandó a pintar de blanco la Escuela de Artes Gráficas, tapando los colores elegidos por Quinquela. Por eso, la pelea de fondo no es por un tarro de pintura, sino por lo que significa profundamente el color, una batalla que nunca se apagó. Para Víctor, los colores de La Boca representan la solidaridad, los comedores, los clubes, los bomberos voluntarios, las ganas de ayudarse colectivamente: “Quinquela ganó millones con sus cuadros, pero vivió con lo justo y le regaló todo a su comunidad. Mientras siga latiendo entre nosotros ese espíritu comunitario, pueden pintar todo los frentes que quieran de blanco o de colores estridentes. El nuestro es un color que brota desde adentro, desde el alma de la gente, hasta impregnar todas nuestras casas”.