“Acá me ayudaron y yo te voy a ayudar”
La Casa Masantonio es un proyecto de abordaje integral que funciona en Barracas en el marco de los Hogares de Cristo desde hace diez años. Diariamente brinda atención a personas en extrema vulnerabilidad, con consumo problemático de paco y enfermedades complejas, la mayoría, de la Villa 21-24.

Hogar y familia suelen ser conceptos que gran parte de la población tiene naturalmente, por el cariño de sus seres queridos. Pero para quienes están en los márgenes, excluidos de todo y con la mayoría de sus derechos vulnerados, dejan de ser moneda corriente, y su ausencia los convierte en víctimas de situaciones límite, consumo y el contagio de enfermedades. Con el fin de reponer estas carencias con el espíritu hogareño, nació la Casa Masantonio, un dispositivo enmarcado en los Hogares de Cristo que está situado en Barracas. A finales de abril, de manera comunitaria se celebró el décimo aniversario, que resumió los objetivos y el clima que se vive en el día a día de este proyecto.
La Casa está situada en Herminio Masantonio 2984, en las puertas de la Villa 21-24. Allí se brinda atención a personas en situación de extrema vulnerabilidad, con consumo problemático de paco y enfermedades complejas. Unos 500 pacientes están en seguimiento constante, en una tarea que se realiza en coordinación con el Centro Barrial “San Alberto Hurtado” y la Parroquia Nuestra Señora de Caacupé, que tiene al padre Toto de Vedia como referente.
“Buscamos recibir la vida como viene, con la complejidad que eso significa. Y con ese enfoque fue que, en los Hogares de Cristo, empezamos a ver que había chicos que además de estar muy lastimados y con mucho abandono, venían con enfermedades complejas. Sobre todo, la tuberculosis que está muy vinculada a la calle, la pobreza y el consumo”, cuenta el doctor Santiago Jiménez, coordinador médico del lugar.
Todas las aristas
“Ante estas circunstancias es necesario un abordaje con todas las aristas del sufrimiento. Como fracasaba sistemáticamente el abordaje del hospital, se empezó a acompañar muy sencillamente, primero en la calle, con la medicación, y lentamente se fue armando este dispositivo para dar respuesta a lo que atraviesan estas personas. Es decir, se construyó porque la realidad lo demandaba, ante lo que fuimos encontrando”, explica.
La presencia y el abordaje fue sumando tantas cosas en estos diez años, que es hasta difícil definir a la Casa Masantonio. “Es algo que es todo a la vez. No es un Centro de Día, pero los chicos hacen su tratamiento ahí. No es un comedor, pero vienen a comer. No es un hospital, pero tenemos gente internada. No es un CESAC pero hacemos atención médica. No es una farmacia pero recibimos medicación y dispensamos. Es un dispositivo integral, y después se van individualizando las estrategias”, plantea Santiago.
Por la función de “rescate” que cumple, lo territorial tiene un rol determinante en este proyecto. Y allí aparece una figura fundamental para el éxito de los tratamientos, la de los “acompañantes-pares”. “Se trata de personas que ya pasaron por situaciones de enfermedad o consumo, o están dejándolas atrás y conocen el barrio, saben lo que es estar internado, y haber sido abandonado de chico. Y desde ese lugar, estando un poco más parados, empiezan a acompañar a los pibes que van llegando”, explica Lucía Szapsiowicz, trabajadora social integrante del equipo de profesionales interdisciplinarios que trabajan en el lugar.
Estos acompañantes-pares están nucleados en una cooperativa de trabajo. Su compromiso con la tarea que deben cumplir se ve reflejada en una imagen que es usual para lo cotidiano de la Casa Masantonio. “Los llevan la mayoría de las veces a upa. Son pacientes que vienen cargados, porque llegan tan lastimados que ni siquiera pueden llegar al hospital. Y esa navegación de pares es muy específica porque saben dónde están estas personas, los conocen hace tiempo, y desde su propia experiencia tienen también esa voz para decir: acá me ayudaron, y yo te voy a ayudar”, describe el coordinador médico.
Una vez adentro, la recepción es como la de una familia. “Ese es el espíritu más grande de quienes estamos llevándolo adelante como de quienes acceden. Las personas que vienen traen historias muy dolorosas, con mucha violencia, vidas rotas, exclusión, y muy golpeados. El lugar viene a ser no solo una respuesta al tratamiento sino una casa, en el sentido más profundo de ser esperado, escuchado y mirado con dignidad”, agrega Lucía.
Como en una familia, suma la licenciada, se mueven las y los trabajadores del espacio: “Todos hacemos de todo, trabajamos de manera colectiva y muy a la par”.
Del desprecio a la dignidad
Desde la curación de las enfermeras a heridas que en los hospitales ni son tratadas por estar sucios o muy infectados, hasta un mate compartido, pasando por los festejos de cumpleaños que en muchos casos son la primeras velitas que soplan en su vida, las visitas en las internaciones y las entregas de viandas y alfajores, son algunos de estos gestos que se dan en el día a día y que, a través del afecto y la cercanía, forman un sentido de pertenencia entre los pacientes y los profesionales y acompañantes.
“El lugar de encuentro se transforma en un lugar alegre, y pierde el sentido más frío de una salita de salud o un hospital. Entonces acá por ahí ves a alguien que conociste en la calle, que por ahí hace algunos meses estaba muriéndose, pero ahora lo ves bien. Se van armando grupos que apuntan a una revinculación, que no solo trata la enfermedad sino que arma un proyecto de vida, un propósito”, dice Santiago Jiménez.
Así, si bien el foco está puesto en la atención de las enfermedades o el consumo problemático, la tarea en la Casa Masantonio no se termina nunca. “De la desconfianza inicial que tiene esta población tan acostumbrada al rechazo y el maltrato, encontrar un lugar que no te juzga, no te pregunta, te recibe y te acompaña, es muy importante. Es hermoso cuando se ve el cambio y estas mismas personas se descubren queridas y tenidas en cuenta”, celebra Lucía Szapsiowicz.
Ser esperado, escuchado y mirado con dignidad. Una realidad que parece difícil de alcanzar en la población más vulnerada, que experimenta en su cuerpo las heridas de vivir en los márgenes. Pero que termina concretándose en la Casa Masantonio, y logra transformarse en hogar.